¿Qué hacemos con el Emperador?

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Emperador Hirohito en sus prendas de coronación, alrededor de 1924

Bien podría decirse que el pri­mer y único milagro que obró el divino Hirohito fue salvar su propia carrera política e inclu­so su vida tras la 2GM. Ocurrió el 1 de enero de 1946, cuando el emperador de Japón re­chazó públicamente su esencia sagrada y asumió su condición humana.
El hermetismo que rodeaba al Palacio Imperial impedía conocer con precisión el grado de implicación de Hirohito en las grandes decisiones políticas y las feroces empresas militares que habían convertido Japón en un país belicoso y carente del más mínimo respeto a la legalidad internacional.
Pero resultaba bastante evidente que agresiones y accio­nes de conquista como la invasión de Manchuria (1931), la guerra con China (1937-45), la ocupación de la Indochina francesa (1940), la incorporación al Eje junto a Alemania e Italia (1940), ataque a la base norteamerica­na de Pearl Harbor (1941) y la entrada en la guerra no podían haberse llevado a cabo sin su aquiescencia y probable entu­siasmo.
El emperador había reinado bajo la in­fluencia autoritaria, fascistoide y ultra­nacionalista de un grupo de militares. Con el general Tojo Hideki al frente, estos militares ejercían un control total del poder, am­parados en el ambiente bélico que dominaba el país. Pero Hirohito había consentido sus desmanes: no constaba que hubiese mostrado su oposición desde la autoridad superior que le otorgaba el tro­no. Al contrario, como revelarían con el paso de los años algunos documentos y testi­monios de sus allegados, su respaldo y su firma dieron cobertura a los militares.
En los días finales de la guerra, el 14 de agosto de 1945, en medio de la consternación por el primer bombardeo atómico de la historia, Hirohi­to anunció en la ra­dio que Japón aceptaba las exigencias de la Conferencia de Potsdam y se ren­día sin condiciones.
La hecatombe de dos bombas atómicas, situó al mando japonés ante una situación imposible. Una tercera bomba podía caer en cualquier momento sobre el mismísimo palacio imperial de Tokio. Por tanto, o el emperador moría en un bombardeo o el emperador se rendía y corría el riesgo de perder el trono. Podía, incluso, ser ejecutado de forma ignominiosa. Ninguna de esas opciones era factible, porque Hirohito no era un simple humano. Hirohito era un dios. Así se consideraba a los emperadores en la tradición nipona.
Pero el 15 de agosto de 1945 ocurrió lo inevitable. Los japoneses, exhaustos, escucharon por la radio una voz atiplada que nunca antes se había expuesto ante el pueblo. Era su emperador, anunciando lo que nunca iba a ocurrir: rendición. ¿Qué sería ahora de Hirohito? ¿Qué harían con él los americanos?
Douglas MacArthur fue el general encargado de gestionar la ocupación. Al contrario de lo que los aliados hicieron con Alemania, no se desmontó el Estado, ni se apartó del trono al emperador. No fue una decisión sencilla. Muchos japoneses y muchos americanos consideraban a Hirohito un criminal de guerra. Pero MacArthur se dejó asesorar por el general Bonner Fellers, buen conocedor del país: si existía alguna forma pacífica de sostener en el tiempo la ocupación de Japón, esa era mantener al emperador como símbolo de permanencia de la nación. El 26 de septiembre de 1971, Hirohito descendió de su avión en Anchorage (Alaska). Estaba en EEUU. Le esperaba el presidente Richard Nixon, que celebró el momento porque se trataba del «primer monarca reinante en la larga historia de Japón que pisa suelo extranjero». El emperador seguía siendo emperador 26 años después de rendirse. Lo sería durante 63 largos años, hasta su muerte en 1989. Desde el trono, y después de perder la guerra, vio pasar a ocho presidentes de EEUU. Japón se convirtió en un país sin apenas defensa militar propia, pero en una superpotencia económica.


FUENTE:

https://www.facebook.com/photo/?fbid=4459737197453780&set=gm.1275269792942087

(Álvaro Núñez de Pazos)

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Pedro Pablo Romero Soriano PS

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