Funeral en Okinawa

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Okinawa, Japón, 9 de abril de 1945. En la imagen, un funeral marino a bordo del USS Hancock, víctimas de un ataque suicida japonés dos días antes. El 7 de abril, uno de los 75 kamikazes que acompañaban al Yamato en su última misión, dio una voltereta sobre la cubierta de vuelo del portaaviones y se estrelló contra un grupo de aviones mientras su bomba golpeaba la catapulta de babor y causaba una tremenda explosión. Como resultado, 62 hombres murieron y 71 resultaron heridos


Durante los casi tres meses que duró la batalla de Okinawa, nadie podía sentirse seguro en tierra, mar o aire. En el estudio “Combate neoroses” de R. L. Swank y W.E. Marchand de 1946, se concluyó que, tras sesenta días de combate terrestre continuo, el 98 por ciento de todos los soldados supervivientes se convierte en baja psiquiátrica de una u otra variedad. Swank y Marchand encontraron una característica común entre el 2 por ciento que conseguía aguantar el combate continuado: una predisposición hacia «las personalidades agresivo-psicopáticas».
Pero no pasaba lo mismo con los hombres de mar. Entonces, ¿por qué los marinos no sufren los mismos padecimientos psiquiátricos que sus hermanos en tierra? Los marinos sufren, se queman y mueren de forma igual de horrible (o peor) que sus equivalentes en tierra. La muerte y la destrucción los acecharon y (acechan) por todos lados. Pero no se desmoronan, ¿por qué? La respuesta estriba en que la mayoría de ellos no tiene que matar a nadie directamente, y nadie intenta matarles directa y personalmente.
En vez de matar a gente de cerca y a nivel personal, las armadas matan barcos y aviones. Por supuesto que hay personas en esos barcos y aviones, pero la distancia psicológica y mecánica protegen al marino. A menudo, los barcos de la Primera y Segunda Guerra Mundial disparaban sus armas contra barcos enemigos que no podían ser vistos sin la ayuda de prismáticos, y las aeronaves a las que atacaban rara vez eran más que una pequeña mancha en el cielo.
Intelectualmente, estos guerreros del mar entendían que estaban matando a seres humanos como ellos mismos y que alguien quería matarles, pero podían podían negarlo emocionalmente. Un fenómeno similar ocurre en el combate aéreo. Los pilotos de las dos grandes guerras, a bordo de aeronaves relativamente lentas, podían ver a los pilotos enemigos, y de ahí que un gran número de ellos no quisiera luchar de forma agresiva.
Es que, aunque la pantalla grande nos muestra “Rambos” constantemente, la realidad es que la inmensa mayoría de los combatientes a lo largo de la historia, en el momento de la verdad cuando podían y debían matar al enemigo, se encontraron con que eran incapaces de hacerlo.
Para aquellos que nunca lo han experimentado, la descripción de la batalla que nos ha ofrecido Hollywood, y la mitología cultural en la que esta se basa, resultan tan útiles para entender el acto de matar como lo serían las películas pornográficas para entender la intimidad de una relación sexual.


Fortis Leader para Fortis Leader - The Pacific & Asia


FUENTE:
https://www.facebook.com/fortisleaderpacific/photos/a.115526410728720/300916862189673/

Fortis Leader - The Pacific & Asia

Fuente: (con notas personales): Grossman, Dave. Matar: El coste psicológico de aprender a matar en la guerra y en la sociedad (General) (Spanish Edition). Melusina.


 




























Pedro Pablo Romero Soriano PS

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