28 de Ooctubre de 1941:
No es ningún secreto que Iósif Stalin es un hombre muy duro. El 28 de octubre de 1941, Stalin demuestra una vez más cuán severos pueden ser sus métodos. Como de costumbre, Stalin utiliza a Lavrentiy Beria, para deshacerse de los subordinados que han fallado en sus tareas. Si estas tareas fueron alcanzables alguna vez en primer lugar, no es el problema: los hombres han fallado y deben morir. Seis (ex) altos líderes soviéticos mueren a manos del NKVD de Beria. Sus nombres son Smuschkevich, Shtern, Rychagov, Loktionov, Savchenko y Proskurov, y lo único que tienen en común es que están acusados de traición. Ahora, la traición en la Unión Soviética es una especie de crimen general. De hecho, ninguno de los seis hombres parece haber hecho nada por el estilo. Lo que hicieron exactamente varía, pero el único denominador común parece ser que disgustó a Stalin. Eso es suficiente para la ejecución en la Unión Soviética en 1941.
Parece que Smushkevich fue declarado culpable debido a una investigación del Politburó en abril-mayo de 1941 sobre una alta tasa de accidentes en la Fuerza Aérea Roja.
Además, un Ju-52 de la Luftwaffe aterriza en Moscú en mayo, sin ser detectado por las defensas aéreas soviéticas. Beria hace que sus hombres ejecuten a Smushkevich el 28 de octubre de 1941 en Kuibyshev. Yakov Smushkevich apenas tenía 39 años.
En la imagen: Kliment Voroshílov y Semión Budionni en fotografía de los años 20
La profunda depresión de las fuerzas armadas soviéticas, antes de 1941, comenzó con la detención del mariscal Tujachevski y sus colaboradores más inmediatos en mayo de 1937. Aquel, tras sufrir torturas brutales, firmó una confesión que se tradujo en su ajusticiamiento al mes siguiente. La declaración que suscribió está manchada de sangre. Se le acusó de formar parte de una supuesta Organización Militar Trotskista Antisoviética. Lo cierto es que Tujachevski había mantenido una relación estrecha con el primer jefe del Ejército Rojo, quien se había exiliado de la Unión Soviética en 1929. Trotski le había asignado el mando del 5° Ejército en 1920, con el que expulsó de Siberia a Alexander Kolchak. Asimismo, había ayudado a derrotar en Crimea al general Antón Denikin en 1920.
Al “trotskista” Tujachevski lo acusaron de cooperar con la Alemania nacionalsocialista, del mismo modo que la distorsionada propaganda soviética dio en aseverar que el rival de Stalin ejercía de agente de los alemanes (más tarde, tras la firma del pacto Ribbentrop-Molotov, se cambiaría su cargo a la de espía del “imperialismo británico”). Se ha demostrado que el dirigente soviético sabía que eran cargos falsos. De hecho, este fue tan retorcido que llegó a enviar a un agente doble al SS-Obergruppenführer Reinhard Heydrich para convencerlo de que falsificara una serie de documentos para presentar a Tujachevski como espía de Alemania. Stalin los usó para dar mayor credibilidad a su ataque contra el comandante del Ejército Rojo y librarse de él.
Aunque se desconoce el motivo real de esta hostilidad, no sería descabellado suponer que Stalin temía tener al frente de sus fuerzas armadas a alguien que mostraba una predilección tan manifiesta por el pensamiento revolucionario independiente, por la iniciativa. Stalin persiguió sin piedad todo y a todos los que promovían semejante tendencia. La muerte del popular comandante supremo del Ejército Rojo le supuso la necesidad lógica de arremeter contra sus subordinados; es decir el resto de las fuerzas armadas. De sus cinco mariscales acabó con tres: Tujachevski, Vasili Bliújer, quien murió, probablemente a consecuencia de la tortura, el mismo día en que firmó la confesión que le presentaron, y el jefe del estado mayor general, Alexander Yegorov, a quien ajusticiaron. Solo sobrevivieron a la matanza sus dos mariscales más adeptos y más subordinados: Kliment Voroshílov y Semión Budionni. Con ello, Stalin perdonó la vida a los dos altos mandos que se detestaban mutuamente.
Al “trotskista” Tujachevski lo acusaron de cooperar con la Alemania nacionalsocialista, del mismo modo que la distorsionada propaganda soviética dio en aseverar que el rival de Stalin ejercía de agente de los alemanes (más tarde, tras la firma del pacto Ribbentrop-Molotov, se cambiaría su cargo a la de espía del “imperialismo británico”). Se ha demostrado que el dirigente soviético sabía que eran cargos falsos. De hecho, este fue tan retorcido que llegó a enviar a un agente doble al SS-Obergruppenführer Reinhard Heydrich para convencerlo de que falsificara una serie de documentos para presentar a Tujachevski como espía de Alemania. Stalin los usó para dar mayor credibilidad a su ataque contra el comandante del Ejército Rojo y librarse de él.
Aunque se desconoce el motivo real de esta hostilidad, no sería descabellado suponer que Stalin temía tener al frente de sus fuerzas armadas a alguien que mostraba una predilección tan manifiesta por el pensamiento revolucionario independiente, por la iniciativa. Stalin persiguió sin piedad todo y a todos los que promovían semejante tendencia. La muerte del popular comandante supremo del Ejército Rojo le supuso la necesidad lógica de arremeter contra sus subordinados; es decir el resto de las fuerzas armadas. De sus cinco mariscales acabó con tres: Tujachevski, Vasili Bliújer, quien murió, probablemente a consecuencia de la tortura, el mismo día en que firmó la confesión que le presentaron, y el jefe del estado mayor general, Alexander Yegorov, a quien ajusticiaron. Solo sobrevivieron a la matanza sus dos mariscales más adeptos y más subordinados: Kliment Voroshílov y Semión Budionni. Con ello, Stalin perdonó la vida a los dos altos mandos que se detestaban mutuamente.
Budionni desdeñaba el “diletantismo militar” que percibía en el primero. El que ninguno de ellos gozase de un gran talento militar no preocupaba, claro está, al gobernante soviético. Fue la mansedumbre respecto de Stalin, más que la competencia castrense, lo que se convirtió en norma entre los mandos superiores del Ejército Rojo.
Grígori Kulik, jefe de la Dirección Principal de Artillería, ascendido a mariscal en 1940, constituye en ejemplo elocuente. Se había granjeado la amistad personal de Stalin atacando a Tujachevski mediante el argumento de que su operación en profundidad manifestaba en realidad una “propensión ideológica” hacia el “pensamiento degenerado de los fascistas”, nada menos, llegando incluso a expresar su oposición al uso general de carros de combate. Asimismo, prohibió el uso de subfusiles en sus unidades por considerarlos un signo de “afectación burguesa fascista”.

Para definir la labor de Lavrenti Beria en la URSS lo más sencillo sería decir que era para Stalin lo que Himmler para Hitler, esto es, la figura más oscura de un régimen de por sí opaco. El propio Stalin así se lo aseguró a Roosevelt en la Conferencia de Yalta. Tal vez por eso ni uno ni otro sobrevivieron mucho tiempo a la muerte de sus sangrientos «benefactores»
Grígori Kulik, jefe de la Dirección Principal de Artillería, ascendido a mariscal en 1940, constituye en ejemplo elocuente. Se había granjeado la amistad personal de Stalin atacando a Tujachevski mediante el argumento de que su operación en profundidad manifestaba en realidad una “propensión ideológica” hacia el “pensamiento degenerado de los fascistas”, nada menos, llegando incluso a expresar su oposición al uso general de carros de combate. Asimismo, prohibió el uso de subfusiles en sus unidades por considerarlos un signo de “afectación burguesa fascista”.

Para definir la labor de Lavrenti Beria en la URSS lo más sencillo sería decir que era para Stalin lo que Himmler para Hitler, esto es, la figura más oscura de un régimen de por sí opaco. El propio Stalin así se lo aseguró a Roosevelt en la Conferencia de Yalta. Tal vez por eso ni uno ni otro sobrevivieron mucho tiempo a la muerte de sus sangrientos «benefactores»
Todos los comisarios segundos de Defensa, todos los comandantes de distritos militares, todos los mandos y jefes de estado mayor de las fuerzas aéreas y la armada, 14 de 16 comandantes de ejército, 60 de 67 comandantes de cuerpo, 136 de 199 comandantes de división, 221 de 397 comandantes de brigada y miles de jefes de regimiento sufrieron pena de prisión o muerte. Las consecuencias fueron devastadoras en varios aspectos: se sustituyó a militares de extensa formación y pericia por oficiales menos cualificadas. Aunque el 30% de los oficiales caídos en desgracia fueron readmitidos, la difamación generalizada a que fueron sometidos los oficiales socavó la confianza de las clases de tropa respecto de sus mandos y desembocó en un estado de desmoronamiento de la disciplina del Ejército Rojo y de paso se vetaba decididamente cualquier intento de iniciativa al interior de los altos mandos militares. Llegado 1941, el 75% de todos los oficiales del Ejército Rojo llevaban menos de un año en sus puestos.
FUENTES:
https://www.facebook.com/historiasgm/photos/a.105107930962361/594334088706407/
Historia de la Segunda Guerra Mundial
Fuente: “Operación Barbarroja” de Christer Bergström (2016)
Pedro Pablo Romero Soriano PS


