Historia de Tanquistas, los nervios de las tripulaciones

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Estamos en medio de la Batalla de Normandía. Ser escogido como el tanque de cabeza o punta de lanza para un avance reducía aún más las posibilidades de supervivencia. Ernst Hamilton, soldado del 15/19° Regimiento de Húsares recordaba que: “Si tu compañía había sido escogida para encabezar el escuadrón, esperábamos ese día como si fuera a ser nuestro último día en la tierra”. Ir en el tanque de cabeza era aún peor. Si sobrevivía al día, o medio día acordado, era enviado por norma a la retaguardia de la columna, y el siguiente carro en seguirle probaba su suerte. Hamilton recordaba que, “si recibías la misión de estar en el carro de cabeza, era difícil dormir esa noche; uno tenía la esperanza de morir durante el breve sueño”.
Con la primera luz, el día de nervios comenzaba, frecuentemente avanzando por una estrecha carretera. “El copiloto-ametrallador se concentraba en el lado izquierdo, el conductor en el derecho, el artillero al frente, el operador de radio y el comandante miraban a todos lados”. En las lindes podían haber camuflados panzerfaust, cañones anticarro o los temidos 88 mm. Las minas Teller eran colocadas con gran pericia. Incluso cruzar un campo abierto con huellas de cadenas no era necesariamente seguro, pues los zapadores alemanes excavaban falsos surcos, colocaban dos o tres minas Teller y simulaban en el terreno el trazo de las cadenas.
Las tripulaciones calcularon en base a las pérdidas y combates por día que tenían una posibilidad sobre cuatro de quedar fuera de combate. Había las mismas posibilidades de morir pues la pérdida de cada carro suponía una media de un muerto y un herido. Se aferraban a la esperanza que suponía observar excepciones a la regla como, las de algunos veteranos que parecía que no iban a poder matarlos nunca, por lo tanto, la asunción común era la de que siempre le tocaría a “algún otro”, nunca a ellos.
“Se llevaron a Dick Dexter en una ambulancia”, observó el teniente Stuart Hills, de un regimiento del Yeomanry. “Nadie supo muy bien qué había pasado, pero, por alguna razón, no quería salir del tanque”. Dexter dormía en el blindado, comía allí y ni siquiera poder jugar un partido de fútbol, “deporte que le encantaba”, le hizo salir. Algunos tripulantes desarrollaron una especie de “conciencia acorazada”; necesitaban sentir todo el tiempo la protección del blindado. Hills suponía que, “quizás había sobreexplotado demasiado sus reservas de resistencia, que había visto demasiadas imágenes terribles, que había sufrido demasiadas vívidas pesadillas”.
El descanso proporcionaba un cierto antídoto a la fatiga de combate. El agotamiento siempre formaba parte del deterioro; esto era algo sabido por ambos bandos, pero no siempre se podía hacer algo por remediarlo. “Una noche completa de sueño en un campo intacto, recibir el correo, tener la oportunidad de lavarse adecuadamente, posiblemente darse un chapuzón en un arroyo, eran sensaciones maravillosas”, recordaba Hugh Sackville-West, del 7° Real Regimiento de Tanques británico. Las investigaciones psicológicas, por lo general, estaban de acuerdo en que un descanso podía eliminar algunas de las fases de la fatiga de combate; después de esto, las tripulaciones podrían volver a entrar en combate una o dos fases por detrás de donde estaban. Cosas cotidianas que se daban por supuestas adquirieron considerable importancia.

FUENTE:
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Apocalipsis: la Segunda Guerra Mundial™

Pál Maléter

Fuente: “Tank Men: Historia Humana de los Tanques en la Guerra” de Robert Kershaw (2006)


 




















Pedro Pablo Romero Soriano PS

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