El crucero auxiliar alemán *Atlantis*, bajo el mando de Bernhard Rogge, llevó a cabo una larga misión de incursión durante la Segunda Guerra Mundial, operando bajo la apariencia de un buque mercante.
Tras zarpar de Alemania en marzo de 1940, el barco navegó por el Atlántico, el océano Índico y el Pacífico utilizando diversas banderas e identidades. A lo largo de esta travesía, que duró aproximadamente 602 días, recorrió más de 100.000 millas y hundió o capturó 22 buques mercantes aliados. El tonelaje total de estas naves oscilaba entre las 144.000 y las 146.000 toneladas de registro bruto. Con este historial, el *Atlantis* completó la misión más larga de cualquier corsario alemán y fue también uno de los más exitosos en términos de tonelaje.
Rogge solía acercarse a sus objetivos disfrazado de buque mercante tanto como fuera posible, para luego revelar el armamento de su nave. Las tripulaciones capturadas recibieron, por lo general, un trato humano, con provisiones adecuadas de alimentos y alojamiento. Esta conducta fue elogiada posteriormente por algunos de los capitanes cuyos barcos habían sido hundidos. El *Atlantis* fue interceptado y hundido el 22 de noviembre de 1941 en el Atlántico Sur por el crucero pesado británico HMS *Devonshire*. La mayor parte de la tripulación fue rescatada por submarinos alemanes.
Tras la guerra, Rogge no fue detenido por los Aliados, debido a la forma en que ejerció el mando a bordo del *Atlantis*. Más tarde, prestó servicio en la recién creada Armada de Alemania Occidental con el rango de contralmirante.
Capitán Bernhard Rogge del corsario de superficie Atlantis
La vida en un corsario de superficie alemán
Salían de un puerto alemán en 1940 con papeles falsos, una chimenea pintada encima de otra, y órdenes de desaparecer. El Atlantis, el Thor, el Komet, el Pinguin no eran buques de guerra. Eran cargueros con cañones escondidos bajo planchas que se abatían en treinta segundos. Llevaban trescientos cincuenta hombres, comida para un año, combustible para dar la vuelta al mundo, y la orden de cazar el comercio británico en cualquier océano que no fuera el Atlántico Norte. Lo que nadie les decía era que también iban a ser cazados, y que la diferencia entre cazar y ser cazado dependía de quién te veía primero en el horizonte.
La rutina a bordo no tenía nada de heroico. Te levantabas a las seis de la mañana y el barco era el mismo de ayer, el mismo de hace tres meses. Olor a gasoil mal quemado, a pescado podrido en la bodega, a trescientos tipos viviendo en ciento veinte metros de acero sin ventilación decente. El mar no cambiaba, el cielo no cambiaba, solo cambiaba el número en el cuaderno del oficial de navegación. El día se iba en revisar los motores diésel para que no te dejaran tirado en medio del Índico, limpiar los cañones de 150 milímetros que llevaban medio año sin disparar, probar las bombas de achique por si acaso. El resto del tiempo era esperar. Esperar un hilo de humo en el horizonte, esperar un contacto de radio, esperar que no apareciera un crucero británico antes que vos encontraras un mercante desprevenido.
Para matar el tiempo los tipos jugaban ajedrez con piezas talladas en hueso de ballena capturada en el Atlántico Sur. Leían las novelas que le sacaban a los barcos hundidos, la mayoría en inglés y sin la primera página. Escuchaban la BBC en onda corta a las tres de la mañana para saber si Londres seguía en pie y si sus familias en Hamburgo todavía existían en los boletines. Algunos escribían diarios que después se hundieron con el barco. Otros no hablaban en semanas. El silencio era parte del trato. Cuando vivís con trescientos hombres en un espacio donde no podés escapar, aprendés rápido que hablar de menos ahorra problemas.
La tensión estaba en que vos cazabas, pero sabías que cualquier mancha en el horizonte podía ser el que te cazaba a vos. Un crucero británico te veía a veinte kilómetros y ya estabas muerto. No tenías blindaje, no tenías velocidad, no tenías chance de pelear. Solo podías mentir, cambiar de rumbo, largar humo y rezar que el tipo al mando del otro barco se aburriera y se fuera. Cada contacto era una ruleta. Mercante desarmado, crucero auxiliar con cañones viejos, o el verdadero, un Edinburgh o un Cornwall que te hacía pedazos en diez minutos. Cuando hundías un barco tenías dos horas para sacar prisioneros, saquear cartas náuticas, combustible, comida, y desaparecer antes de que llegara ayuda. Después venía la parte que no sale en los partes de guerra: doscientos prisioneros británicos, noruegos, griegos, viviendo abajo con vos, comiendo la misma comida aguada, cagándose de miedo de que si aparecía un crucero los volaran junto con vos.
El encierro pegaba distinto en cada uno. Meses sin mujeres, sin alcohol, sin ver el sol salvo a través de un vigía que te gritaba contacto a las tres de la mañana. Algunos se volvían callados y se pasaban el día mirando el agua como si esperaran una respuesta. Otros se volvían agresivos con el primero que respiraba mal. El capitán tenía que ser psicólogo, policía y cura al mismo tiempo, porque si un tipo se quebraba en medio del océano se llevaba a veinte con él. En el Atlantis el capitán Rogge prohibió el castigo físico. Decía que un hombre quebrado te quiebra el barco entero. Los trataba como oficiales aunque fueran marineros de diecinueve años. Cuando el Atlantis se hundió en noviembre de 1941 después de 622 días en el mar, su tripulación no se amotinó ni se volvió loca. Se subieron a las balsas en orden, sabiendo que el tipo que los había mandado a cazar durante dos años no los iba a abandonar.
Lo jodido era la incertidumbre. No sabías si volvías. No sabías si Alemania seguía en pie. No sabías si tu familia en Bremen había sobrevivido al bombardeo de la semana pasada. Vivías con la información de la BBC que captabas a medias y con los rumores que traían los prisioneros. Cuando hundías un barco y sacabas la correspondencia, leías cartas de mujeres que no sabían que sus maridos ya estaban muertos. Guardabas las fotos. No por sadismo, sino porque era lo único humano que veías en meses. Después las entregabas a la Cruz Roja cuando te capturaban, si te capturaban.
Volver, si volvías, era raro. El Atlantis entró en Saint-Nazaire en noviembre de 1941 después de casi dos años sin pisar tierra. La tripulación bajó del barco y no reconocía el mundo. Francia estaba ocupada. Alemania estaba en guerra con la Unión Soviética. Habían salido cuando París era libre y volvían a un continente que había cambiado entero. Lo que contaban era simple. Decían estuvimos afuera, como si afuera fuera otro planeta y ellos hubieran estado en una órbita distinta. No hablaban de los hundimientos. Hablaban del calor en el Índico, del frío en el Atlántico Sur, de la vez que vieron una aurora austral y nadie se atrevió a decir nada durante diez minutos.
Los que no volvieron se quedaron en el mar sin tumba. El Pinguin lo agarró el crucero australiano Canberra en mayo de 1941. Murieron quinientos treinta y dos hombres en veinte minutos. El Thor se salvó del Voltaire por veinte minutos y después lo hundió el crucero británico Devonshire en noviembre de 1941. El Komet volvió, pero lo hundió un torpedero británico en el Canal de la Mancha en 1942. La guerra de corsarios duró dos años y se acabó cuando los británicos aprendieron a identificar los disfraces y a no acercarse a menos de quince kilómetros sin disparar primero.
Lo que quedó fue la sensación de que esos tipos vivieron una guerra distinta. No era la guerra de los tanques en Rusia ni la de los bombardeos en Londres. Era una guerra de aburrimiento extremo cortado por veinte minutos de terror absoluto. Eras cazador y presa al mismo tiempo, y la diferencia la hacía si el otro te veía primero. Por eso los que volvieron no hablaban mucho. Porque explicarle a alguien en Hamburgo qué se siente estar cuatrocientos días sin ver tierra, sabiendo que el próximo barco en el horizonte puede ser el último, no se puede. Eso no se cuenta. Eso se vive, y cuando termina, te deja con la sensación de que el mundo que dejaste ya no existe.
FUENTES:
The Second World War in Colour
Soldados de la Segunda Guerra Mundial
Ale Fleit
Pedro Pablo Romero Soriano PS

