Historia de una foto

0



En febrero de 1943, la revista Life publicó una serie de fotografías de Guadalcanal.
Una de esas fotos, la del fotógrafo de Ralph Morse, instantáneamente tocó alguna fibra de millones de lectores de la revista. Años más tarde, se mantiene como una de las imágenes más inquietantes que emergieron de cualquier guerra.

La foto de Morse, la de cabeza cortada de un soldado japonés empalada sobre un tanque, captura gráfica e inmediatamente más que gran cantidad de palabras que cuenten la implacable barbarie de la guerra. Mas de 70 años después de esa campaña, Life presenta no solo las memorias de Morse de cómo hizo esa fotografía sino también de otras fotos de Guadalcanal, fotos que salieron en Life y muchas más (tomadas tanto por Morse y los hermanos Joe y Frank Scherschel) que nunca fueron publicadas en la revista.



El pie de foto que acompaña la foto del post, data del 1 de febrero de 1943: "La calavera quemada de un soldado japonés apoyada sobre un tanque Jap; forma despectiva de decir japonés por parte las tropas estadounidenses. El fuego destruyó el resto del cuerpo."
Morse, sin embargo -aún muy ágil a los 95 años- lo recuerda un poco diferente. Como cualquiera con apenas conocimiento de la II Guerra Mundial, sabe que las tropas de EE.UU. (y de cada país que peleó en el largo y brutal conflicto), algunas veces involucraba un comportamiento espantoso evidenciado en la fotografía de Morse.
Pero en el recuerdo de los fotógrafos de ese día, parecía igual de probable que los japoneses fueron los que colocaron el cráneo quemado sobre ese tanque destruido, como una espantosa trampa para los curiosos estadounidenses.
"El Ejército había reemplazado a la infantería de marina,- le dice Morse a Life, en la puesta en escena de Guadalcanal a finales de 1942-, y yo estaba viajando con un grupo de soldados en una patrulla. En el bosque de esas islas, se debe caminar en fila india. Los arbustos estaban muy apretados que si no tenía los ojos en los zapatos del hombre de enfrente, me perdía. Creo que fueron tres o cuatro días de sólo caminata, pero estábamos bien." Una pausa. Entonces, "Éramos jóvenes," dice, casi con asombro.

Por su parte, Life describe el terreno de Guadalcanal de esta forma: "La selva es una pared sólida de vegetación creciente, de cientos de pies de alto. Hay gigantescas hojas de palma, hojas de taro del tamaño de la oreja de un elefante, helechos y hojas dentadas de los árboles de plátano enredadas en una fantástica red. Cerca a la tierra hay miles de clases de insectos, mantis religiosas, hormigas y arañas... En ese calor, en el clima húmedo los mosquitos viven una vida de lujo. Algunas veces se introducen tanto en la carne de los soldados que deben cortarse para sacarlos."
"Fuimos a una gran playa, dice Morse, y ahí había un tanque con una calavera en él, cerca a la torreta. El sargento que lideraba la patrulla la miró y dijo, 'Chicos, esa calavera ha sido puesta ahí por una razón, y los japoneses probablemente han apuntado proyectiles a este lugar.' Una escena horrible como esa siempre atraerá a las personas, y la idea, por supuesto, era que alguna tropa estadounidense que pasara por allí, quisiera parar y mirar.
"Todos aléjense de ahí, dijo el sargento, entonces se volvió hacia mí. Usted, dijo, tome su foto si tiene que hacerlo, y salga, rápido. Así que fui, tomé la foto y corrí como loco adonde había parado la patrulla."
Al preguntarle si fue capaz de ver las fotos que hizo en Guadalcanal, o en otros lugares que fotografió durante la guerra, en el Pacífico y a través de Europa, Morse se ríe y dice, "No hasta que llegó la revista -meses después, algunas veces- o hasta que volví a los Estados Unidos."
Sin pedirlo, ofrece una reveladora mirada a la logística de la fotografía en zonas de guerra a comienzos de los cuarenta, y las medidas creativas que los fotógrafos inventan para hacer su trabajo.
"Antes de volar a las Salomon, donde estaba la batalla, fue al PX en Honolulu," Morse explica -el PX (o post exchange) eran pequeños almacenes que operaba en las bases militares de todo el mundo - "y compraba una caja grande, más bien gruesa, de condones. Cuando estuviera en la selva o en las playas fotografiando, escribía los pies de fotos y los guardaba en un condón con su rollo revelado, lo ataba y los mantenía en un empaque -y esperaba que todo fuera a prueba de agua.
"Entonces, cuando llegaba a algún lugar que había un barco o un avión esperando, enviaba la película a los EE.UU.
Siempre iba primero a los censores de Washington, por supuesto, y después si estaban bien eran enviadas a la revista o al periódico o a donde fuera. Pero como no veíamos el rollo revelado por semanas o meses, ¡no sabíamos si la cámara estaba sirviendo! Podía estar rota, y no nos hubiéramos dado cuenta. Seguíamos fotografiando. Creo que la primera vez que vi la foto de la calavera, por ejemplo, fue después de enfermar de malaria y el Ejército me devolviera a casa. Vi la foto en las oficinas de Life en Nueva York."

Un último punto que cabe destacar: Morse estuvo de suerte al sobrevivir a finales de 1942, cuando hizo la foto de la calavera. Unos meses antes, había abordado el crucero Vincennes, cuando fue hundido por torpedos japoneses durante la Batalla de la Isla Savo, no muy lejos de Guadalcanal. En el indispensable libro de John Loengard de 1998, LIFE Photographers: What they saw, Morse describe los eventos del Vincennes; pero eso es otra historia.



Ralph Morse - Guadalcanal, 1942

El desprecio hacia la figura del otro, unido al terror del combate contra un enemigo irreductible, provocará la brutalización de los soldados estadounidenses que emplearan las cabezas de sus enemigos y posteriormente sus cráneos, tras desollarlos y limpiarlos de las partes blandas, como trofeos de guerra. Es también un icono la fotografía aparecida en la revista LIFE el 22 de mayo de 1944, en la que una joven enamorada está escribiendo a su prometido ante el cráneo de un soldado japonés, al que ha designado como Tojo, regalo de su novio, un macabro presente firmado además por los integrantes de su unidad.
La fotografía superó la censura de prensa, que no comprendió las implicaciones de mostrar en público una humillación del cuerpo del enemigo y las consecuencias que podría tener para los prisioneros estadounidenses, y provocó el enfado del Pentágono, pero más en aplicación de una política de reafirmación de los valores por los que combatían los Estados Unidos que como resultado de una voluntad real de acabar con la captura de trofeos, puesto que ya en 1942 el comandante en jefe de la Flota del Pacífico había prohibido el empleo como trofeos de los cuerpos de los japoneses, aunque la práctica, una auténtica válvula de escape para la tropa, era permitida por los oficiales.


Los cráneos de japoneses mutilados eran, sin duda, los trofeos de guerra predilectos. La práctica fue tan extendida que, según cuentan los registros históricos, 60% de los soldados nipones, muertos en las Islas Marianas, fueron despojados de sus cráneos. La manera en la que las tropas americanas las extraían eran horripilantes. Una vez que les desprendían la cabeza, quitaban la carne de la estructura ósea con técnicas difíciles de describir sin sentir escalofríos. Sin importar qué, posaban orgullosos sosteniendo las calaveras de los enemigos, llegando incluso a regalarlas a allegados y familiares.

Los medios de comunicación no se quedaron atrás con la promoción de la deshumanización japonesa, refiriéndose a ellos abiertamente como “parásitos amarillos” o “ratas”.  Y no solo esto,  en medios impresos como Life Magazine, publicaban historias y caricaturas sobre soldados que regalaban cráneos de japoneses mutilados a sus novias, como muestra de amor, en aras de buscarle el lado ‘rosa’ a estos trofeos de guerra.  En contrapeso, la prensa japonesa acusaba a los norteamericanos de ser “primitivos, racistas e inhumanos”.


Y ciertamente, según  analizan algunos historiadores, puede que el ataque de Pearl Harbor agudizase esta aversión hacia los japoneses. Pero el racismo, aquella ideología con la que el nazismo encendió la Segunda Guerra Mundial, fue la causa máxima para que se cometieran atrocidades dirigidas exclusivamente a esta etnia.

¿Qué ocurrió después? El miedo a que el Imperio Japonés repitiese los mismos actos con las tropas americanas abocó al gobierno de los Estados Unidos a condenar estos hechos. Llegando incluso a amenazar con la pena de muerte a quienes usaran los cráneos de japoneses mutilados como trofeos de guerra, repatriar los restos, sin que esto surtiera mayor efecto, porque dicha ‘tradición’ se mantuvo activamente hasta la guerra de Vietnam.





FUENTES:
https://www.facebook.com/La2daGuerraMundial2/posts/124188432506921?__tn__=K-R
La 2da. Guerra Mundial -1939/1945
https://elrincondeschlosser.blogspot.com/2018/01/imagenes-de-la-guerra-del-pacifico.html
https://supercurioso.com/craneos-de-japoneses-mutilados.../












 









Pedro Pablo Romero Soriano PS

Entradas que pueden interesarte

Sin comentarios