15 de octubre de 1946: Hermann Göring se toma una capsula de cianuro

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Reichsmarschall Hermann Göring


Herman Goering y Rudolph Hess en el banquillo durante los juicios de Nuremberg


El 15 de octubre de 1946 Hermann Göring se suicidó tomando cianuro de potasio.
Fue condenado a muerte en la horca por decisión del Tribunal Internacional de Nuremberg. En su último discurso (31 de agosto de 1946), no reconoció la decisión del tribunal: “El ganador es siempre el juez, y el perdedor el condenado. No reconozco la decisión de este juicio... Me alegro de haber sido condenado a muerte... porque los que están en prisión nunca son mártires. La comisión de control del tribunal rechazó su petición de sustituir la pena de muerte por la horca por fusilamiento. A última hora de la tarde del 15 de octubre, 2 horas antes de la ejecución de la sentencia, se suicidó en su celda



Hermann Göring era el hombre que Adolf Hitler había elegido sucesor si moría o quedaba incapacitado, pero terminó destituido. Su adicción a la morfina y el misterio del cianuro que consiguió para matarse en su celda la noche anterior a su ejecución. El Reichminister Hermann Wilhelm Göring no las tenía todas consigo a principios de mayo de 1945. No se trataba solamente del suicidio de su jefe, Adolf Hitler, y de la inminente rendición de Alemania ante los Aliados, con la consiguiente caída del Reich que iba a durar mil años, sino que había perdido hasta los honores a los que se había acostumbrado, catalogado como un traidor. El propio Führer, que lo había nombrado por decreto como su sucesor hacía apenas unos meses, lo había destituido de todos sus cargos antes de matarse. No solo eso, lo puso bajo arresto domiciliario en su castillo en Mauterndorf, custodiado por hombres de las SS. Lo único bueno que le ocurrió en esos días fue que una división de su querida Luftwaffe lo pudo liberar el 5 de mayo. Sabía, sin embargo, que esa libertad era apenas un espejismo, porque pronto caería en poder del enemigo. No tenía manera de escapar, pero no le daba lo mismo quién lo hiciera prisionero. De un lado estaba el Ejército Rojo y caer en manos de los odiados comunistas era lo peor que podía pasarle; del otro estaban los estadounidenses, que seguramente lo tratarían mejor, como el soldado que era. Por eso, con letra febril, le escribió dos cartas al comandante de las tropas norteamericanas, Dwight Eisenhower, diciéndole que se dirigiría hacia donde estaban sus soldados y pidiéndole una entrevista. Las envío – sin saber que nunca llegarían a su destinatario – y emprendió el viaje, protegido por un grupo de fieles. Iba a entregarse, pero esperaba ser recibido por el general Eisenhower como un igual. En el trayecto, seguramente debió repasar, una y otra vez, el encadenamiento de hechos que le habían hecho perder el favor de Hitler. Hermann Göring había estado por última vez en el búnker de Berlín el 20 de abril, para saludar a Hitler por su cumpleaños y se habían despedido con el afecto de siempre. Viajó a su casa de Obersalzberg el 22 de abril, el mismo día que el führer reunió a un grupo de sus colaboradores, admitió ante ellos que la guerra estaba perdida y les anunció que se quedaría en Berlín hasta el final pero que se suicidaría para no caer prisionero y ser tratado como “un fenómeno de circo” por sus enemigos. Les dijo también que Göring era el mejor hombre para negociar un acuerdo de paz honorable para Alemania. Entre los asistentes a la reunión estaba el jefe de operaciones del Oberkommando der Wehrmacht, Alfred Jodl, que le transmitió lo que se había hablado al jefe de gabinete de Göring, Karl Koller, quien sin perder un minuto voló a contárselo. Tenía que saberlo, porque una semana después de que el Ejército Rojo atravesara la frontera alemana, Hitler había firmado un decreto nombrando a Göring su sucesor en caso de muerte o si perdía su “libertad de acción”. Cuando Koller le contó la reunión del búnker, Göring dudó si debía hacerse cargo del poder o no. Estaba frente a una disyuntiva: temía que lo tildaran de traidor si intentaba reemplazar a Hitler, pero también de ser acusado de incumplimiento del deber si no hacía nada. Revisó su copia del decreto que lo nombraba sucesor del führer y lo consultó con Koller y otro hombre de su confianza, el secretario de Estado de la Cancillería del Reich, Hans Lammers. Entre los tres llegaron a la conclusión de que, si Hitler se quedaba en Berlín – como había dicho – donde se suicidaría, él mismo se había incapacitado para gobernar, por lo que Göring debía reemplazarlo. De todos modos, no iba hacerlo sin consultarlo, y le envío a Hitler un telegrama pidiéndole permiso para asumir su cargo, en carácter de suplente. En el texto agregó que, si no recibía una respuesta antes de las diez de la noche del 23 de abril, consideraría que su jefe estaba incapacitado para gobernar y entonces él asumiría el liderazgo del Reich. Pero el telegrama no llegó a manos de Hitler, sino que fue interceptado por Martin Bormann, el peor enemigo de Göring en el círculo íntimo del führer, que lo utilizó para convencer al líder nazi de que su número dos lo estaba traicionando. Indignado, Hitler le respondió con otro telegrama donde daba por caducado el decreto que lo nombraba su sucesor y amenazándolo con ejecutarlo por “alta traición”, si no dimitía de inmediato a todos sus cargos. Aunque sorprendido por la respuesta, Göring obedeció y quedó bajo arresto domiciliario. Para no generar un escándalo político, el victorioso Bormann anunció por radio que la renuncia de Göring se debía a razones de salud. Estaba detenido en el castillo de Mauterndorf cuando, el 26 de abril, Hitler también lo expulsó del Partido Nacionalsocialista Alemán por “intentar ilegalmente tomar el control del Estado” y nombró a Karl Dönitz como presidente del Reich. También allí se enteró, el 29 de abril, de los suicidios de Hitler y Eva Braun. Solo pudo salir cuando los guardias de las SS que lo tenían bajo custodia lo liberaron sin oponer resistencia a la división de la Luftwaffe que acudió a su rescate.
Preso y enjuiciado,
Hermann Göring sintió alivio cuando, a las 5.30 de la tarde del 8 de mayo se entregó a una avanzada de la de la 36 División de Infantería del Ejército de los Estados Unidos cerca de Radstadt. Trasladado al comando, lo recibió formalmente el general de brigada Robert Stack, que así entró en la historia como el hombre que capturó al número dos del Tercer Reich. Después de los saludos formales entre militares, Göring le pidió al general norteamericano que lo llevara ante el general Eisenhower, a quien le había enviado dos cartas. Stack le respondió que lo lamentaba mucho, que el comandante de las tropas estadounidenses estaba muy ocupado en esos momentos con los trámites de la rendición alemana y que aún no había podido siquiera leer sus cartas. La entrevista de Göring con Eisenhower nunca se concretó y el alemán fue a parar al campamento Ashcan, un campo de prisioneros de guerra temporal ubicado en el Palace Hotel en Mondorf-les-Bains, en Luxemburgo. El otrora Reichminister lo pasó mal allí, porque ya no dispuso de la dosis diaria de morfina a la que era adicto. Lo trataron con dihidrocodeína (un derivado suave de la morfina) y también lo sometieron a una dieta estricta que le hizo perder 27 kilos en poco tiempo. Estaba recuperado en septiembre, cuando lo llevaron a Núremberg, donde se realizarían los juicios a los principales jerarcas nacionalistas. Los procesos comenzaron en noviembre y desde el principio Göring mostró una actitud desafiante, no solo frente a los acusadores sino también hacia los otros acusados. Se sintió molesto de que se considerara que Dönitz fuera considerado por la acusación como el más importante de los procesados, cuando ese lugar le correspondía a él. Los fiscales lo acusaron de cuatro cargos: conspiración, librar una guerra de agresión, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. En este último punto se le acusó de la desaparición de opositores políticos, de torturas, malos tratos a prisioneros y de la esclavitud de civiles, principalmente judíos. Después de escuchar los cargos, se declaró “en el sentido de la acusación, no culpable”. Durante el juicio trató de controlar los testimonios de los otros acusados, al punto que, en los recesos, fue enviado a una celda de aislamiento para que no tomara contacto con ellos. Obligado a permanecer en silencio mientras estaba sentado en el banquillo, manifestó sus opiniones sobre los procedimientos mediante gestos y provocaciones, sacudiendo la cabeza o riéndose. También se quejó de que se acusara a funcionarios sin importancia en lugar de que la corte le permitiera asumir a él todas las responsabilidades. El psicólogo y oficial de inteligencia estadounidense Gustave Gilbert lo entrevistó varias veces en su celda y reflejó la conducta de Göring en anotaciones como esta: “Sudando en su celda por la noche, Göring estaba a la defensiva, desinflado y no muy contento por el giro que estaba tomando el juicio. Dijo que no tenía control sobre las acciones o la defensa de los demás, que él mismo nunca había sido antisemita, que no había creído esas atrocidades y que varios judíos habían ofrecido testificar en su nombre”. Después de 218 días de juicio, el tribunal lo encontró culpable de los cuatro cargos y lo condenó a morir en la horca. Según la sentencia, "No hay nada que decir como atenuante. Pues Göring era muchas veces, de hecho casi siempre, la fuerza motriz, solo superada por su jefe. Fue el principal agresor de guerra, tanto como jefe político como militar; fue el director del programa de trabajo esclavo y el creador del programa opresivo contra los judíos y otras razas, en Alemania y en el extranjero. En algunos casos específicos pudo haber conflicto de testimonios, pero en términos generales, sus propias admisiones fueron más que suficientemente amplias para concluir en culpabilidad. Su culpa es única en su gravedad. El registro no revela excusas para este hombre”. Göring no apeló la condena de muerte, pero sí exigió que lo fusilaran como a un soldado en lugar de ser ahorcado como un criminal común, pero el tribunal se negó. Para evitar lo que consideraba una humillación, se suicidó la noche del 15 de octubre de 1946, el día anterior al fijado para su ejecución, con una pastilla de cianuro. Su cuerpo, como los de los ejecutados, fue exhibido en el sitio de la condena para los testigos de las ejecuciones. fue cremado en Ostfriedhof, Múnich, y las cenizas arrojadas en el río Isar. Aunque se investigó en profundidad, nunca se pudo establecer cómo Göring consiguió la pastilla de cianuro con la que se suicidó. La versión más difundida afirma que Jack G. Wheelis, un teniente estadounidense a cargo de la seguridad de Núremberg, se la dio a cambio de un reloj de oro y otros objetos de valor. Sin embargo, en 2005, el exsoldado estadounidense Herbert Lee Stivers relató que una mujer alemana le había pedido que le entregara al jerarca una lapicera que contenía una “medicina” y que él lo hizo sin saber que se trataba de veneno.

En la prisión de Núremberg, Hermann Göring dejó una reflexión que sigue incomodando por su frialdad. No fue en el tribunal. No fue ante los jueces. Fue en una conversación privada del 18 de abril de 1946 con el psicólogo estadounidense Gustave M. Gilbert, recogida después en Nuremberg Diary, publicado en 1947. Allí, Göring dijo algo brutalmente simple: que la gente común no quiere la guerra, pero que los dirigentes pueden arrastrarla si logran convencerla de que está siendo atacada y presentan a los pacifistas como una amenaza para la patria. Gilbert le respondió que en una democracia existe una diferencia porque el pueblo tiene voz a través de sus representantes. Göring insistió en que, con voz o sin ella, ese mecanismo funciona igual si el miedo logra imponerse. La fuerza de ese pasaje no está en quién lo dijo, sino en lo que desnuda. No justifica nada. No absuelve nada. Pero muestra con una claridad inquietante cómo el poder puede usar el miedo, el lenguaje y la idea de una amenaza externa para empujar a poblaciones enteras hacia decisiones que, en circunstancias normales, jamás habrían deseado. Meses después, el 15 de octubre de 1946, Göring puso fin a su existencia, pocas horas antes de su ejecución. La frase quedó. Y sigue siendo citada porque recuerda una verdad incómoda: las guerras no empiezan solo con armas. También empiezan con palabras que preparan a la gente para aceptarlas


Tras la caída de Berlín, Herman Göring dejó atrás a sus guardias y se entregó a los estadounidenses, quienes en principio lo trataron cordialmente, e incluso llegó a dar una rueda de prensa. Esto fastidió al alto mando aliado, que rápidamente cambió las condiciones de su detención de cara a lo que sería el juicio más famoso de la historia.
El líder entró a prisión derrotado, mal de salud y pesando 120 kilos. El duro régimen al que fue sometido por el comandante de la prisión, el coronel Burton Andrus, hizo que Göring bajara 35 kilos. Andrus ordenó que de a poco le redujeran las numerosas medicaciones que tomaba y gradualmente Göring fue recuperando la buena forma y su vivacidad.
Su imagen cambió notablemente desde el día en que entró a la prisión y decidió asumir, en base a su fuerte personalidad, el liderazgo de los patéticos restos de la dirigencia nazi. Incluso por momentos Göring llegó a poner en apuros a los fiscales aliados durante las numerosas sesiones del proceso. De todos modos, esto no le alcanzó a Göring ni al resto de los acusados para convencer a los jueces que no estaban al corriente de los crímenes. El antiguo mariscal del Reich fue encontrado culpable de todos los cargos y el 1 de octubre de 1946 fue condenado a morir en la horca, al igual que otros diez acusados. Las sentencias se iban a cumplir dos semanas después.
El 15 de octubre de 1946 no fue un día más en Nuremberg Era la antesala de la jornada de las ejecuciones, que se iban a llevar a cabo la madrugada del 16. Los prisioneros habían notado caras nuevas, ruidos y movimientos en la prisión. Estaban armando los cadalsos en el gimnasio.
Cuando el doctor Ludwig Pflüker, un alemán que asistía a los reos, ingresó a la celda de Göring para darle sedantes como cada noche, el último le hizo un par de comentarios que lo llevaron a pensar que estaba al tanto de lo que se venía. "No hay dudas que preparan algo", fue una de las frases que escuchó el médico. En sus memorias, Pflüker dijo que sustituyó los sedantes por un placebo para evitar que Göring entre en un sueño profundo, ya que poco después debía ser llevado al patíbulo.
Pero eso nunca ocurrió. Minutos después, a las 22:44 horas, aproximadamente dos horas antes de la sentencia, el ex número dos de Hitler, observado permanentemente por la mirilla de la puerta de la celda por el soldado Harold Johnson, mordió la cápsula y poco después murió. Fueron en vanos los intentos por reanimarlo.
La teoría de como lo hizo llegan hasta Jack Wheelis, un teniente texano amante de la caza, al igual que Göring. El oficial estadounidense tenía acceso al depósito de la prisión, donde estaba el equipaje de Göring. De esta manera, no habría tenido inconvenientes en tomar una de las fundas de latón del tamaño de una bala, que ocultaba una cápsula de cianuro. Una de las "balas" estaba dentro de un pote de crema. No fue el único favor de Wheelis a Göring. También llevó cartas que éste le escribió a su esposa y a su pequeña hija, Edda. Wheelis murió pocos años después, en 1954. Se llevó sus secretos a la tumba, pero la versión del oficial estadounidense ayudando a Göring a evitar la vergüenza de la horca, sigue siendo una de las más aceptadas entre los investigadores



Esquivó la muerte que le tenían preparada: la horca. Antes, pidió morir como un soldado, ante un pelotón de fusilamiento, le negaron esa dudosa gracia porque ni los soldados que iban a ajusticiarlo, ni el tribunal militar de las tres potencias reunido en Núremberg, querían considerarlo un igual. Esperó horas antes de su ejecución, enancado en una esperanza vana, y después, el 15 de octubre de 1946, mordió una cápsula de cianuro que llegó a sus manos quién sabe cómo y cuándo, en aquella celda estrecha que era vigilada cada treinta minutos desde el exterior para evitar lo que Hermann Goering logró: eludir la soga y el patético baile del ahorcado al pie del patíbulo.
(Hermann Wilhelm Göring o Goering; Rosenheim, Baviera, 1893 - Núremberg, 1946) Dirigente de la Alemania nacionalsocialista. Había destacado como aviador en la Primera Guerra Mundial (1914-1918). En 1922 se unió al Partido Nacionalsocialista de Hitler, quien le puso al frente de su brazo armado, las «Secciones de Asalto» (SA). Participó en el fracasado golpe de Múnich (1923), en el que resultó herido. Huyó entonces de Alemania, adonde regresó en 1927, para ser elegido diputado (1928) y presidente de la Cámara Baja del Parlamento (1932).
Ayudó eficazmente a Adolf Hitler en su acceso al poder, tras el cual fue nombrado ministro sin cartera del Gobierno alemán y ministro del Interior de Prusia (1933). Se ocupó de crear la policía secreta del Estado (la Gestapo) y los primeros campos de concentración, poniendo en marcha el mecanismo brutal de represión contra judíos y disidentes, que sin embargo no quedó bajo su control. Nombrado en aquel mismo año ministro del Aire, se encargó de construir y dirigir el arma aérea del Ejército alemán (la Luftwaffe), que tan eficaz resultaría en los primeros momentos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
Más allá de sus cometidos nominales, Goering dirigió el rearme de su país desde 1936, sometiendo a toda la industria alemana a una especie de dictadura bajo la lógica de la economía de guerra. Durante la contienda dirigió igualmente la explotación económica de los territorios ocupados al servicio de Alemania, sin descuidar en esa tarea su enriquecimiento personal. Participó en la decisión de aplicar la «solución final», es decir, el total exterminio de los judíos de Europa.
Pero su prestigio declinó con los fracasos aéreos de las batallas de Inglaterra y Stalingrado, perdiendo gradualmente influencia en el Estado y en el partido. Mariscal desde 1940 y sucesor in pectore de Hitler, el Führer acabó por expulsarle del partido en los últimos momentos de la guerra, como respuesta a un intento de sustituirle en el mando (1944). Derrotada Alemania, fue hecho prisionero por el Ejército estadounidense y juzgado por el Tribunal de Núremberg, que lo condenó a muerte; se suicidó la noche antes de ejecutarse la sentencia.

El Telegrama de Hermann Goering a Adolf Hitler



Este telegrama es uno de los mensajes más históricos y reconocidos de la Segunda Guerra Mundial. Es una copia, que fue tomada por Martin Bormann, de un telegrama enviado a Adolf Hitler de Hermann Goering aconsejando que él mismo tomaría el control del gobierno en Alemania dentro de las 24 horas siguientes. El mensaje lleva un sello "¡Secreto!" En rojo en el lado superior derecho y marca la hora en que se recibió como 00:56 horas, el 23 de abril de 1945. Así es como se lee (en su totalidad):
"Mi Führer: el general Koller me dio hoy una información sobre la base de las comunicaciones que le enviaron el coronel general Jodl y el general Christian, según las cuales usted me remitió ciertas decisiones y enfatizó que yo, en caso de que las negociaciones fueran necesarias, estaría en mejor posición que usted en Berlín. Estos puntos de vista son tan sorprendentes y serios para mí que me siento obligado a asumir, en caso de que para las 22:00 en punto no haya respuesta, es seguro que haya perdido su libertad de acción. Entonces veré cumplidas las condiciones de su decreto y tomaré las medidas para el bienestar de la nación y la patria. Sabe lo que siento por usted en estas horas más difíciles de mi vida y no puedo expresarlo con palabras. Dios le proteja y le permita a pesar de todo venir tan pronto como sea posible. Su fiel Hermann Goering ".
El pequeño documento tiene una rotura vertical larga y ordenada que comienza en la parte inferior y se extiende hasta 1 pulgada por debajo del margen en la parte superior. Se ha reparado en algún momento, usando cinta de archivo en el reverso, pero esto ha tenido efecto en cinco de las letras escritas. Este mensaje de Göring ponía en marcha un decreto secreto que fue escrito el 29 de junio de 1941 por el propio Hitler; este dictaminaba que si alguna vez fuera secuestrado, incapacitado o asesinado, Göring debía asumir su posición en el poder. Bormann, que tenía control en el acceso a Hitler y odiaba a Göring, usó este mensaje para deslizar una intentona de golpe de estado, una "traición". Walther Hewel (enlace para Joachim von Ribbentrop) trató de justificar esta acción al declarar que el sistema de comunicaciones dentro del búnker podría fallar en cualquier momento y, por lo tanto, cortar la estructura de mando. Sin embargo, Goebbels estuvo de acuerdo con el argumento de Bormann y coincidía en que todo olía a golpe de estado.
Cuando Hitler se enteró de otras comunicaciones que habían estado sucediendo entre Göring y otros oficiales, que daban pistas del decreto secreto, se enfureció. Hitler le envió a Göring un telegrama el 25 de abril informándole que había cometido "alta traición" y le dio la opción de renunciar a todos sus cargos a cambio de mantenerse con vida. Las SS en Berchtesgaden también recibieron la orden de Bormann para arrestar a Göring. En el testamento final de Adolf Hitler se destituyó oficialmente a Göring de sus cargos y funciones y del propio partido nacionalsocialista.



FUENTES:

https://www.facebook.com/photo/?fbid=4355017407880657&set=g.489226501546424
Apocalipsis: la Segunda Guerra Mundial™
https://www.facebook.com/historiasgm/photos/a.105107930962361/556556932484123/

Historia de la Segunda Guerra Mundial

https://historiasdehispania.blogspot.com/2017/03/la-entrega-de-goring.html?m=1 https://www.infobae.com/historias/2025/05/09/el-nazi-traidor-que-se-entrego-a-los-estadounidenses-para-escapar-de-los-rusos-y-se-suicido-para-no-morir-en-la-horca/ https://www.reddit.com/r/MilitaryHistory/comments/npkssl/when_hermann_goering_surrendered_to_the_americans/?tl=es-es https://amodelcastillo.blogspot.com/2021/12/el-suicidio-de-hermann-goring.html?m=1 https://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20111015/54230089971/hermann-goering-escapa-de-la-horca.html























Pedro Pablo Romero Soriano PS

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