El sargento José Calugas, 1.er Batallón, 88.º Regimiento de Artillería de Campaña, Exploradores de Filipinas, 23.ª División, saluda al oficial que le otorgó la Medalla de Honor por su valentía durante la Marcha de la Muerte de Bataán.
A la edad de 23 años, Calugas se unió a los Scouts filipinos del Ejército de los Estados Unidos y completó su entrenamiento como artillero y sirvió en diferentes baterías de artillería de los Scouts filipinos hasta que su unidad fue movilizada para luchar en la Segunda Guerra Mundial. Las baterías de armas habían sido destruidas y su tripulación muerta, reunió a varios miembros de su unidad, se atrincheró e intentó defender la línea. Fue capturado junto con otros miembros de su unidad y obligado a marchar a un lejano campo de prisioneros enemigo, donde fue retenido como prisionero de guerra. Cuando fue liberado en 1943, fue asignado en secreto a una unidad guerrillera en Filipinas, donde luchó por la liberación de Filipinas de los japoneses
Los japoneses no tuvieron piedad durante la Marcha de la Muerte de Bataán.
Foto: Getty Images
Jovenes confinados en busca de restos de comida en los basurales del campo de internamiento de Srengorengo, Sumatra, 1942-1945
Foto Nederland Institut voor Militaire Historie
Prisioneros de guerra norteamericanos cargan a sus compañeros prisioneros durante una marcha de la muerte desde Bataan hasta Cabanatuan, Filipinas, mayo de 1942
Foto NARA (National Archives and Records Administration, EE.UU.)
Prisioneros detras del alambre de puas en el campo de internamiento de Srengorengo, Sumatra, 1942-1945
FotoNederland Institut voor Militairte Historie
Soldados estadounidenses capturados.
Foto Getty Images
El 9 de abril de 1942, 72.000 (75.000 o 76.000 según otras fuentes) prisioneros iniciaron una larga marcha desde el extremo sur de la península de Bataán en las Filipinas hacia un campo de concentración nipón. Las horribles condiciones y el cruel tratamiento recibido por los prisioneros durante el largo recorrido se tradujeron en unas 7.000 – 10.000 muertes.
Solo unas pocas horas después del ataque japonés sobre Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, los japoneses atacaron también las bases aéreas en los territorios filipinos controlados por los Estados Unidos. Víctima del factor sorpresa, la mayor parte de la aviación militar presente en el archipiélago fue arrasada durante el ataque aéreo nipón.
A diferencia de lo ocurrido en Hawai, los japoneses llevaron a cabo una invasión terrestre tras el ataque aéreo sorpresa en Filipinas. Las tropas estadounidenses y filipinas se replegaron el 22 de diciembre de 1941 hacia la península de Bataán, ubicada en la zona occidental de la isla de Luzón, al ver que las tropas terrestres japonesas avanzaban hacia Manila, la capital del archipiélago filipino.
El objetivo de la marcha era trasladar a los 72.000 prisioneros de guerra estadounidenses y filipinos capturados desde Mariveles, localidad ubicada en el extremo sur de la península de Bataán, a Camp O’Donnell, antigua instalación norteamericana, ubicada al norte y que serviría de campo de internamiento. Para ello, los prisioneros tendrían que recorrer a pie los casi 90 km que había entre Mariveles y San Fernando, para viajar desde allí en tren hacia Capas. Desde ahí, los prisioneros deberían caminar de nuevo durante 12 km hasta llegar a Camp O’Donnell.
Para mostrar el disgusto de tener que vigilarlos, los guardias japoneses iban torturando a los prisioneros durante la marcha. Por ejemplo, los soldados cautivos no recibían agua y se les daba muy poco alimento.
A pesar de que había acuíferos naturales de agua potable desperdigados a lo largo del recorrido, los guardias japoneses no dudaban en disparar a cualquier prisionero que rompiera la formación y tratara de beber un poco de agua. Unos pocos prisioneros conseguían dar algún sorbo de agua (estancada de las cunetas), pero engañar a la sed tenía un peaje bastante alto para ellos: caer gravemente enfermos de disentería.
Los prisioneros, que ya estaban muriéndose de hambre incluso antes de rendirse a los japoneses, recibieron sólo un par de bolas de arroz durante su largo caminar. En numerosas ocasiones, cuando la población local filipina trataba de arrojar comida a la columna de prisioneros, los japoneses disparaban sin piedad y mataban a quien osara ayudar al enemigo.
FUENTES:
https://www.facebook.com/photo?fbid=4918995111482881&set=pcb.1381420685660330
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Apocalipsis: la Segunda Guerra Mundial™
Claudio A Aguirre
Fuentes:
Pedro Pablo Romero Soriano PS





