Los Aliados en Teherán (1943)

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Por lo común se tiene a la de Yalta, celebrada en enero de 1945, por la conferencia que simbolizó la polémica división de Europa que se llevó a cabo tras la guerra. “El acuerdo de Yalta siguió la injusta tradición de Múnich y del pacto firmado por Molotov y Ribbentrop, aseveraba el presidente George W. Bush en mayo de 2005 en Letonia, con motivo del sexagésimo aniversario del fin del conflicto en Europa. Una vez más, durante las negociaciones, los gobiernos poderosos consideraron prescindible la paz de las naciones pequeñas”.
El que sus palabras representen o no un dictamen acertado de la Conferencia de Yalta es algo que debe decidir el lector; pero de lo que no debe caber duda alguna es que la importancia que concede el mundo a aquellas negociaciones en cuanto momento en el que se tomaron las decisiones principales en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial constituye un desatino. En este sentido, reviste una importancia mucho mayor el primer encuentro que mantuvieron Roosevelt, Stalin y Churchill, y éste tuvo lugar en Teherán, la capital de Irán, en noviembre de 1943. En aquella reunión inicial no sólo se estableció la pauta que regiría las relaciones personales existentes entre “los Tres Grandes”, sino que se determinó la respuesta a muchas de las principales cuestiones que habrían de abordarse en el mundo de posguerra, y que, en Yalta, poco más de un año más tarde, sólo se tratarían de forma somera o simplemente maquinal.
Roosevelt llevaba años queriendo concertar con el dirigente soviético un encuentro personal. En realidad, la visita de Davies a Moscú no había sido sino el intento más reciente de alcanzar un acuerdo al respecto. En 1942, había dado a entender en varias ocasiones la necesidad de una reunión así, y había llegado incluso a pedir al soviético que asistiera a la Conferencia de Casablanca, celebrada a principios de 1943, en la que el presidente estadounidense había anunciado por vez primera que los aliados sólo estaban dispuestos a consentir la rendición “incondicional” de Alemania.
Para Stalin, la posibilidad de rechazar o aceptar la invitación de asistir a una cumbre con Roosevelt constituía una de las palancas de poder más fáciles de manejar en el ámbito de su relación. Y lo cierto es que no dudó en vincular la pregunta de si estaba o no dispuesto a reunirse con Roosevelt y Churchill a la eterna cuestión del segundo frente. Si bien es cierto que en agosto de 1943 había escrito a ambos para comunicarles que estaba de acuerdo en que resultaba “deseable” concertar “cuanto antes” un encuentro entre los tres, no lo es menos que dejó bien claro que si la reunión que estaban a punto de celebrar no respondía a sus condiciones, no dudaría en insistir en que se aplazara hasta la creación del ansiado segundo frente.
Tal cosa no se ajustaba, en absoluto, al deseo de Roosevelt, quien quería fundar una relación personal con Stalin y sabía que sólo podría alcanzar esta meta si los dos se reunían en una misma habitación. Sólo con semejante intimidad podía hacer funcionar, a su entender, su varita mágica de “manejar” a las personas. Asimismo, había ciertos asuntos de gran relevancia que pretendía discutir, y que, a su ver, se resolverían en su favor sólo después de haber encantado al dictador soviético al conjuro de su presencia fascinadora. En su opinión, entre todos ellos había dos que descollaban por su importancia: en primer lugar, deseaba saber si la Unión Soviética estaba dispuesta a romper el pacto de no agresión firmado con Japón y entrar del lado de los aliados occidentales en la guerra que se estaba librando en Asia, y en segundo lugar, valorar en qué grado iba a querer participar Stalin en los planes que había trazado Estados Unidos para construir un mundo regido por la colaboración y la paz tras la guerra (lo que, a la postre, se materializaría en la fundación de las Naciones Unidas).


La convivencia Aliada tras bastidores en la caída del Tercer Reich

El activo intercambio de telegramas que provocó la “Operación Amanecer” (serie de negociaciones secretas de los aliados occidentales para lograr la rendición alemana en el norte de Italia), parecía haber agravado la situación entre los aliados. El 30 de marzo de 1945, Roosevelt recibió un nuevo mensaje. En él, Stalin declaraba que a causa de las conversaciones de Ascona, los alemanes habían podido enviar tres divisiones desde Italia al Frente Oriental. Stalin se quejó, además, de que lo acordado en Yalta, en el sentido de atacar simultáneamente desde el Este, Oeste y Sur, no se cumplía, por parte de los aliados, en Italia.
Exasperado, Roosevelt pidió a Marshall y a Leahy que redactasen una respuesta. La junta de jefes militares se mostraba preocupada ante las acusaciones de Stalin, y temió que una ruptura de relaciones con Rusia fuese “el único milagro que evitase el rápido derrumbe de los ejércitos alemanes”. Por todo ello se redactó una contestación que a un tiempo trataba de ser conciliadora y enérgica. Los temores de Stalin sobre lo que ocurriría con las aspiraciones comunistas en el norte de Italia, si los alemanes se rendían en corto plazo, se hallaban bien fundados. Confundido evidentemente por los erróneos informes de sus agentes en Suiza, Stalin envió otro telegrama a Roosevelt el 3 de abril. Era un mensaje que para proceder de un aliado era asombroso y en él se acusaba abiertamente a los Aliados Occidentales de actuar con engaño.
El conciliador telegrama que Eisenhower enviara poco antes acerca de Berlín, pudo incluso haber suscitado las sospechas de Stalin, el cual proseguía diciendo que las “negociaciones” de Suiza permitían a los Aliados occidentales avanzar “casi sin resistencia” por el centro de Alemania, mientras que en el Este la lucha seguía con toda ferocidad. Uno de los norteamericanos que consideraba improcedentes las exigencias soviéticas en ese ni en ningún otro asunto, era Averell Harriman. En cuanto el telegrama de Stalin pasó por sus manos, envió otro mensaje al Departamento de Estado manifestando que los soviéticos trataban todos los asuntos únicamente desde el punto de vista de sus egoístas intereses.
Harriman seguía afirmando que la única forma de apoyar a los pueblos anti totalitarios, y de detener la penetración del comunismo, consistía en ayudar a dichos países a alcanzar rápidamente una situación de estabilidad económica. Las conclusiones fueron notificadas al presidente, lo cual sin duda influyó para que este enviase a Stalin, el 5 de abril, el telegrama más enérgico e indignado que se redactó desde el comienzo de la guerra. Cuando Churchill recibió una copia del telegrama, se sintió sumamente complacido. Manifestó que la última frase, sobre todo, “parecía el mismo Roosevelt encolerizado”. Inmediatamente escribió al presidente manifestando su asombro porque Stalin le hubiese dirigido un mensaje tan ofensivo para el honor de Estados Unidos y de la Gran Bretaña. Luego mandó a Stalin un largo telegrama.
La nota que Harriman envió al otro día al Departamento de Estado, ponía de manifiesto que la “generosa y considerada actitud” de Norteamérica era tenida por los soviéticos como un signo de debilidad. “No podría enumerar las afrentas casi diarias y la total desconsideración que los soviéticos evidencian en los asuntos que nos conciernen”, declaró, y exhortó a que se tomasen urgentes medidas para hacer comprender a los soviéticos que no podían “continuar con su actual actitud, si no era a costa de un gran precio, que pagarían ellos mismos”. La convicción de Harriman de que solo una actitud enérgica daría resultado con los soviéticos, pareció confirmarse con la respuesta de Stalin al mensaje en el que Roosevelt hablaba de las “viles falseamientos”.

El primer ministro británico Winston Churchill celebra su 69 cumpleaños el 30 de noviembre de 1943 durante la Conferencia de Teherán en el Oriente Medio de Irán, quien está por Franklin Roosevelt y Joseph Stalin y parece en los rasgos faciales de RoosevelT que no se siente cómodo sentado al lado de Stalin a diferencia de Churchill, quien muestra gran gratitud al líder de la Unión Soviética. El nombre conmovedor de la conferencia de Teherán fue la conferencia de Yorka, que reunió a los aliados occidentales y la Unión Soviética para asegurar a la Unión Soviético la apertura de un frente occidental en Alemania para ayudar y aliviar el Ejército Rojo en el Este Conferencia de Teherán 30 de noviembre de 1943

Evidentemente inquieto ante el dolido y agresivo tono del presidente, Stalin trató de suavizar un poco la tensión. Pero seguía afirmando que los soviéticos debieron haber sido invitados a la entrevista llevada a cabo en Suiza, e insistió en que su punto de vista era “el único correcto”. También declaró, no sin cierta razón, que la lánguida resistencia alemana en el Oeste no se debía solo “al hecho de que se les infligieran rudos golpes”. Stalin también telegrafió a Churchill una vehemente nota de disculpa.
Otros mensajes de Stalin enviados a sus aliados aquel mismo día, aunque manifiestamente vehementes, mostraban una inclinación a mostrarse más razonable. Marshall dijo a Roosevelt, entre otras cosas, que el asunto polaco había llegado a un punto muerto a causa de que los embajadores de Estados Unidos y Gran Bretaña se habían basado en las instrucciones de la Conferencia de Crimea. Pero unos renglones más adelante, Stalin declaraba tener grandes deseos de arreglar el asunto en el tiempo más corto posible. Aunque no había valido para otra cosa, la indignada frase del presidente acerca de los “viles falseamientos” había creado un saludable temor en la Unión Soviética. Una vez que Roosevelt hubo leído el mensaje relacionado con Polonia, telegrafió a Churchill. Ambos hombres, con un solo modo de pensar, al fin y al cabo, consideraban que la actitud de Stalin había cambiado lo suficiente como para poder albergar, según afirmaba Churchill, “algunas esperanzas de progreso”.



Operación Weistprung: Objetivos, Stalin, Churchill y Roosevelt
El 28 de noviembre de 1943 fue el día escogido por Adolf Hitler para llevar a cabo la Operación Weitsprung, una misión que debía terminar con la vida de los líderes aliados Josef Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt durante la Conferencia de Teherán, y de esta manera dar un giro definitivo a la guerra. Sin embargo algo no salió como él esperaba.
"Operación Weitsprung" fue el nombre en clave que recibió el plan fallido alemán que se debía llevar a cabo el 28 de noviembre de 1943 y con el que se pretendía acabar con la vida de los tres principales líderes aliados, Josef Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt durante la conferencia que se llevó a cabo en la ciudad iraní de Teherán. La persona encargada de organizar la operación, aprobado por Adolf Hitler, fue el jefe de la Gestapo y de la Oficina Central de Seguridad del Reich, el Obergruppenführer Ernst Kaltenbrunner. Para llevar a cabo el complicado operativo, Kaltenbrunner confió el mando de la misión al Oberst Otto Skorzeny, el cual formaba parte de la unidad Friedentahler encargada de las operaciones especiales. Un mes antes, Skorceny había participado en la liberación del líder italiano Benito Mussolini de su cautiverio en la fortaleza-prisión en el Hotel Campo Imperatore, en el Gran Sasso, el pico más alto de los montes Apeninos.
La Conferencia de Teherán tenía como objetivo asegurar la plena cooperación de la Unión Soviética en todas las políticas de Estado que se iban a llevar a cabo tras una guerra que estaba en su última fase. Dicho apoyo por parte de la Unión Soviética no iba a resultar gratis: Roosevelt y Churchill deberían apoyar a los partisanos en Yugoslavia y permitir la modificación de la frontera entre Polonia y la Unión Soviética.
La Operación Weitsprung contaba con la colaboración de un agente alemán, el espía albanés Elyesa Bazna, más conocido por el nombre en clave de "Cicerón". Su misión consistía en transmitir datos de interés acerca de la reunión que se iba a celebrar en Teherán desde la capital turca, Ankara. La primera información relevante del operativo alemán llegó de parte del agente soviético Nikolai Kuznetsov, quien, haciéndose pasar por el oficial de la Wehrmatch Paul Siebert, logró sonsacar información a un oficial de las SS llamado Ulrich Von Ortel, que tenía fama de "charlatán" y "bebedor", y al cual emborrachó para lograr su objetivo. Con la información que aportó el agente soviético, se diseñó un sistema de seguridad que fue encargado a un espía soviético de origen armenio llamado Guevork Vartanian. Vartanian, un joven de tan sólo 19 años, organizó un equipo de siete agentes más al que bautizó como "Brigada Ligera". Debido a que Teherán era el refugio de numerosos hombres de negocios que habían huido de Alemania tras el ascenso de Hitler al poder, los servicios de inteligencia temían que los comandos alemanes se pudieran camuflar entre la población de origen germano. Por este motivo, Vartanian y sus hombres recorrieron la ciudad en bicicleta para vigilar todos los sectores sospechosos de poder ser un punto de comunicación entre Teherán y Berlín. Tras un arduo trabajo de investigación, el equipo de Vartanian interceptó una señal radiofónica enviada por una avanzadilla de seis fallschirmjäger alemanes cerca de Qum, una localidad a 60 km de Teherán. Tras descodificar las transmisiones, estas revelaron que se había planificado la llegada de un segundo grupo de operaciones liderado por Otto Skorzeny con la finalidad de acabar con la vida de los tres líderes. Lo que tampoco sabía Skorzeny, que ya había visitado Teherán en otras misiones de reconocimiento, es que había sido seguido por el grupo de Vartanian.
Tras el descubrimiento del plan, todas las comunicaciones alemanas fueron interceptadas por las inteligencias soviética y británica. Sin embargo, uno de los agentes alemanes pudo enviar un mensaje cifrado con un código secreto informando de que se encontraban bajo vigilancia y que la operación tenía que ser abortada. Tras el fracaso del plan alemán, Vartanian recibió honores como Héroe de la Unión Soviética en 1984 por sus servicios durante la Segunda Guerra Mundial.


FUENTES:

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Historia de la Segunda Guerra Mundial

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Historia de la Segunda Guerra Mundial

Fuente: “Los Cien Últimos Días” de John Toland
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Así fue la Segunda Guerra Mundial™
Alfonso Anllo Luque 

Fuente: libro "Operation Long Jump: Stalin, Roosevelt, Churchill, and the Greatest Assassination Plot in History" de Bill Yenne






























Pedro Pablo Romero Soriano PS

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