"La culpa ligada a este crimen ha llenado mi alma de confusión [...] He estado en hospitales y he pasado alguna que otra temporada en la cárcel. Tengo la impresión de que en la cárcel me he sentido siempre más feliz: el castigo me permitía expiar mi culpa".
Esto fue escrito en una misiva fechada en 1960 por el mayor del Fuerza Aárea del Ejército de los Estados Unidos Claude Eatherly, piloto del B-29 “Straight Flush”, aeronave encargada de asegurar que las condiciones climatológicas fueran las adecuadas para el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. Fue él quien dió la señal de “go ahead” (“adelante”) al “Enola Gay” y su papel en la misión lo perseguiría por el resto de su vida.
“Todas las noches durante 15 años, he soñado con eso", dijo el mayor Eatherly a la revista Parade a principios de la década de 1960. "Veo grandes fuegos, fuegos hirvientes, fuegos carmesí, acercándose a mí. Los edificios se caen, los niños corren, antorchas vivientes con sus ropas en llamas. '¿Por qué lo hiciste?' gritan. Me despierto paralizado de miedo, gritando, sudando porque no tengo respuesta”.
Sólo uno de los 90 militares que volaron en las misiones de bombardeo atómico, el mayor Eatherly, declaró públicamente que sentía remordimiento por lo que había hecho, y por supuesto a muchos no les agradó la declaración y fue marginado por completo. El dolor moral de Eatherly se consideraba poco menos que una traición, puesto que desenmascaraba las miserias de su tiempo.
En el otro extremo, el coronel Paul Tibbets Jr., el comandante del “Enola Gay”, defendió sus acciones hasta sus últimos días. "Decidí que la moralidad de lanzar esa bomba no era asunto mío", le dijo a un entrevistador en 1989. "Nunca he perdido una noche de sueño por lo que pasó" y dijo también en sus memorias que “no entiendo por qué [Eatherly] está tan afectado. Él estuvo una hora antes que el Enola Gay, no soltó la bomba, ni siquiera vio la explosión o sus consecuencias. Cuando la dejamos caer, él ya estaba regresando a la base”.
Otros hablaron de celos, de búsqueda de protagonismo, de malas decisiones posteriores que lo llevaron a ponerse en el papel de la víctima.
En lo personal, creo en su dolor. La tragedia de Eatherly fue que no pudo mirar para otro lado y dejar de pensar en el "deber", y el precio que pagó fue una vida atormentada. Durante años cometió delitos inexplicables abrumado por la culpa, como robar en comercios sin llevarse el dinero, por el sólo hecho de caer preso. Lo que buscaba era reafirmar su responsabilidad moral. Intentó suicidarse en varias ocasiones y pasó por correccionales e instituciones mentales militares como la de Waco, en Texas.
Durante su estancia forzosa en el psiquiátrico de Waco mantuvo correspondencia con el filósofo Gunther Anders (primer esposo de Hannah Arendt). Era una especie de terapia en la que ambos, activistas del pacifismo, mostraban sus inquietudes ante la amenaza nuclear.
A su manera, Eatherly también fue una de las víctimas de Hiroshima, el verdugo convertido en otra víctima más del delirio de la guerra.
Claude Eatherly no vivió tanto ni tan bien. Murió en 1978 por un cáncer en la garganta. Durante sus últimos años su morada fue un hospital psiquiátrico. Fue un funeral poco concurrido y sin honores.
“En la guerra no hay soldados ilesos.” (José Narosky)
Esto fue escrito en una misiva fechada en 1960 por el mayor del Fuerza Aárea del Ejército de los Estados Unidos Claude Eatherly, piloto del B-29 “Straight Flush”, aeronave encargada de asegurar que las condiciones climatológicas fueran las adecuadas para el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. Fue él quien dió la señal de “go ahead” (“adelante”) al “Enola Gay” y su papel en la misión lo perseguiría por el resto de su vida.
“Todas las noches durante 15 años, he soñado con eso", dijo el mayor Eatherly a la revista Parade a principios de la década de 1960. "Veo grandes fuegos, fuegos hirvientes, fuegos carmesí, acercándose a mí. Los edificios se caen, los niños corren, antorchas vivientes con sus ropas en llamas. '¿Por qué lo hiciste?' gritan. Me despierto paralizado de miedo, gritando, sudando porque no tengo respuesta”.
Sólo uno de los 90 militares que volaron en las misiones de bombardeo atómico, el mayor Eatherly, declaró públicamente que sentía remordimiento por lo que había hecho, y por supuesto a muchos no les agradó la declaración y fue marginado por completo. El dolor moral de Eatherly se consideraba poco menos que una traición, puesto que desenmascaraba las miserias de su tiempo.
En el otro extremo, el coronel Paul Tibbets Jr., el comandante del “Enola Gay”, defendió sus acciones hasta sus últimos días. "Decidí que la moralidad de lanzar esa bomba no era asunto mío", le dijo a un entrevistador en 1989. "Nunca he perdido una noche de sueño por lo que pasó" y dijo también en sus memorias que “no entiendo por qué [Eatherly] está tan afectado. Él estuvo una hora antes que el Enola Gay, no soltó la bomba, ni siquiera vio la explosión o sus consecuencias. Cuando la dejamos caer, él ya estaba regresando a la base”.
Otros hablaron de celos, de búsqueda de protagonismo, de malas decisiones posteriores que lo llevaron a ponerse en el papel de la víctima.
En lo personal, creo en su dolor. La tragedia de Eatherly fue que no pudo mirar para otro lado y dejar de pensar en el "deber", y el precio que pagó fue una vida atormentada. Durante años cometió delitos inexplicables abrumado por la culpa, como robar en comercios sin llevarse el dinero, por el sólo hecho de caer preso. Lo que buscaba era reafirmar su responsabilidad moral. Intentó suicidarse en varias ocasiones y pasó por correccionales e instituciones mentales militares como la de Waco, en Texas.
Durante su estancia forzosa en el psiquiátrico de Waco mantuvo correspondencia con el filósofo Gunther Anders (primer esposo de Hannah Arendt). Era una especie de terapia en la que ambos, activistas del pacifismo, mostraban sus inquietudes ante la amenaza nuclear.
A su manera, Eatherly también fue una de las víctimas de Hiroshima, el verdugo convertido en otra víctima más del delirio de la guerra.
Claude Eatherly no vivió tanto ni tan bien. Murió en 1978 por un cáncer en la garganta. Durante sus últimos años su morada fue un hospital psiquiátrico. Fue un funeral poco concurrido y sin honores.
“En la guerra no hay soldados ilesos.” (José Narosky)
Autor: Fortis Leader para Fortis Leader - The Pacific & Asia
"Brilla más que mil soles" ojos que vieron la explosión atómica
FUENTES:
https://www.facebook.com/photo/?fbid=365541822416572&set=pb.100068822701632.-2207520000..
Fortis Leader - The Pacific & Asia
Pedro Pablo Romero Soriano PS

