El bombardeo estratégico durante la Segunda Guerra Mundial consistió en ataques aéreos sostenidos contra vías férreas, puertos, ciudades y distritos industriales en territorio enemigo. Esta modalidad de bombardeo a menudo implicaba el ataque de áreas habitadas por civiles, y algunas campañas se diseñaron deliberadamente para atacar a la población civil con el fin de aterrorizarla y doblegar su moral.
El bombardeo estratégico es muy distinto al apoyo aéreo cercano a las fuerzas terrestres o navales, en otras palabras, el empleo del poder aéreo en el nivel táctico. Y el tema que abordaremos hoy, no tan conocido y como preludio de las notas que inexorablemente nos ocuparán estos días, es acerca de cuáles fueron las distintas concepciones del empleo del poder nuclear estadounidense sobre Japón.
Muchos sostenían (en especial los almirantes Leahy, King y Nimitz) que era posible derrotar a Japón mediante un bloqueo naval y bombardeos estratégicos sostenidos, pero otro sector consideraba que ello implicaría un retraso inaceptable: Japón debía ser puesto fuera de combate a más tardar en mayo de 1946. Esta última posición se vio reforzada por la falta de respuesta japonesa a la terrible carnicería del ataque con bombas incendiarias lanzado sobre Tokio del 9 al 10 de marzo, que, según el general Marshall, "aparentemente no tuvo ningún efecto".
El “Día X”, el asalto en Kyushu, la isla del sur, estaba programado para noviembre de 1945 (Operación Olympic), a efectos de que, asegurada la isla, el poder aéreo allí establecido pudiera apoyar mejor la invasión del “Día Y”, prevista tentativamente para marzo de 1946, cerca de Tokio (Operación Coronet). Las bajas –entre propias y enemigas- se estimaban en decenas de millones.
“En una guerra, cada semana que pasa suma tremendamente no solo costos, medidos en recursos, sino bajas medidas en vidas y mutilados”, señaló Marshall, quien continuó diciendo “creo que el impacto total de la guerra llega más a mí, en algunos aspectos, que a cualquier otra persona en este país. Las listas diarias de bajas son mías. Llegan en un flujo constante, un flujo creciente, y no puedo dejar de pensar en ellas.”
Todos estaban de acuerdo en que había que terminar de una vez por todas con la maldita guerra y que las bombas atómicas jugarían un papel crucial, pero ¿Cómo usarlas?.
Los planes de Marshall requerían que la mayoría (o todas) las bombas atómicas actuales y futuras se lanzaran sobre las concentraciones defensivas japonesas a lo largo o cerca de las playas donde se llevarían a cabo los asaltos anfibios aliados. Y aparentemente el general confiaba en que el bombardeo nuclear de objetivos urbanos de hecho, se cancelaría, dejando cada una de las ocho o nueve bombas que probablemente estarían listas para el “Día X” en Kyushu disponibles para su empleo táctico.
Dijo Marshall: “Analizamos con mucho cuidado los ensayos de Nuevo México en cuanto a las secuelas de la bomba, y se determinó que las bajas en combate serían mucho mayores que las que podrían ocurrir por los efectos posteriores de la acción de la bomba. Así que iba a haber tres bombas para apoyar a cada cuerpo que desembarcaría. Una como preliminar, antes del desembarco, luego otra más hacia el interior contra los apoyos inmediatos, y luego la tercera, contra cualquier tropa que pudiera tratar de llegar a través de las montañas. Esa era nuestra idea, que habría significado seis detonaciones nucleares en una zona triangular que medía 105 por 72 kilómetros, con hasta tres explosiones más dentro de esta área o puntos hacia el norte.”
Okinawa, donde menos de tres divisiones completas resistieron durante cien días a una fuerza estadounidense más de cinco veces mayor, era sólo un pequeño anticipo de lo que se avecinaba. Entonces, a pesar de las posibles horribles enfermedades o muertes de propia tropa por radiación, la expectativa de monstruosas bajas de una guerra puramente convencional durante Olympic era tan real, que Marshall consideró que el empleo táctico de armas nucleares era un riesgo que valía la pena correr.
Pero los políticos muchas veces tienen una visión distinta a la de los militares. En mayo de 1945, el Secretario de Guerra de los Estados Unidos, Henry L. Stimson, creó el Comité Interino, un grupo secreto de alto nivel cuyo primer deber fue asesorar sobre la manera en que las armas nucleares debería emplearse contra Japón. Y en junio de 1945, el Comité llegó a la siguiente conclusión:
“…Que el arma se use contra Japón lo antes posible, que se use sin previo aviso y que se use contra un objetivo doble, a saber, una instalación militar o planta de guerra rodeada o adyacente a casas u otros edificios más susceptibles al daño.”
Del empleo táctico se pasó al estratégico. Once días después del ultimátum de Postdam, el 6 de agosto de 1945, al no recibir respuesta, un bombardero estadounidense llamado Enola Gay partió desde Tinian, una de las Islas Marianas, en ruta hacia Japón. En el vientre del bombardero estaba "Little Boy", una bomba atómica, y su destino era la ciudad de Hiroshima.
Pero esa es otra historia…
El bombardeo estratégico es muy distinto al apoyo aéreo cercano a las fuerzas terrestres o navales, en otras palabras, el empleo del poder aéreo en el nivel táctico. Y el tema que abordaremos hoy, no tan conocido y como preludio de las notas que inexorablemente nos ocuparán estos días, es acerca de cuáles fueron las distintas concepciones del empleo del poder nuclear estadounidense sobre Japón.
Muchos sostenían (en especial los almirantes Leahy, King y Nimitz) que era posible derrotar a Japón mediante un bloqueo naval y bombardeos estratégicos sostenidos, pero otro sector consideraba que ello implicaría un retraso inaceptable: Japón debía ser puesto fuera de combate a más tardar en mayo de 1946. Esta última posición se vio reforzada por la falta de respuesta japonesa a la terrible carnicería del ataque con bombas incendiarias lanzado sobre Tokio del 9 al 10 de marzo, que, según el general Marshall, "aparentemente no tuvo ningún efecto".
El “Día X”, el asalto en Kyushu, la isla del sur, estaba programado para noviembre de 1945 (Operación Olympic), a efectos de que, asegurada la isla, el poder aéreo allí establecido pudiera apoyar mejor la invasión del “Día Y”, prevista tentativamente para marzo de 1946, cerca de Tokio (Operación Coronet). Las bajas –entre propias y enemigas- se estimaban en decenas de millones.
“En una guerra, cada semana que pasa suma tremendamente no solo costos, medidos en recursos, sino bajas medidas en vidas y mutilados”, señaló Marshall, quien continuó diciendo “creo que el impacto total de la guerra llega más a mí, en algunos aspectos, que a cualquier otra persona en este país. Las listas diarias de bajas son mías. Llegan en un flujo constante, un flujo creciente, y no puedo dejar de pensar en ellas.”
Todos estaban de acuerdo en que había que terminar de una vez por todas con la maldita guerra y que las bombas atómicas jugarían un papel crucial, pero ¿Cómo usarlas?.
Los planes de Marshall requerían que la mayoría (o todas) las bombas atómicas actuales y futuras se lanzaran sobre las concentraciones defensivas japonesas a lo largo o cerca de las playas donde se llevarían a cabo los asaltos anfibios aliados. Y aparentemente el general confiaba en que el bombardeo nuclear de objetivos urbanos de hecho, se cancelaría, dejando cada una de las ocho o nueve bombas que probablemente estarían listas para el “Día X” en Kyushu disponibles para su empleo táctico.
Dijo Marshall: “Analizamos con mucho cuidado los ensayos de Nuevo México en cuanto a las secuelas de la bomba, y se determinó que las bajas en combate serían mucho mayores que las que podrían ocurrir por los efectos posteriores de la acción de la bomba. Así que iba a haber tres bombas para apoyar a cada cuerpo que desembarcaría. Una como preliminar, antes del desembarco, luego otra más hacia el interior contra los apoyos inmediatos, y luego la tercera, contra cualquier tropa que pudiera tratar de llegar a través de las montañas. Esa era nuestra idea, que habría significado seis detonaciones nucleares en una zona triangular que medía 105 por 72 kilómetros, con hasta tres explosiones más dentro de esta área o puntos hacia el norte.”
Okinawa, donde menos de tres divisiones completas resistieron durante cien días a una fuerza estadounidense más de cinco veces mayor, era sólo un pequeño anticipo de lo que se avecinaba. Entonces, a pesar de las posibles horribles enfermedades o muertes de propia tropa por radiación, la expectativa de monstruosas bajas de una guerra puramente convencional durante Olympic era tan real, que Marshall consideró que el empleo táctico de armas nucleares era un riesgo que valía la pena correr.
Pero los políticos muchas veces tienen una visión distinta a la de los militares. En mayo de 1945, el Secretario de Guerra de los Estados Unidos, Henry L. Stimson, creó el Comité Interino, un grupo secreto de alto nivel cuyo primer deber fue asesorar sobre la manera en que las armas nucleares debería emplearse contra Japón. Y en junio de 1945, el Comité llegó a la siguiente conclusión:
“…Que el arma se use contra Japón lo antes posible, que se use sin previo aviso y que se use contra un objetivo doble, a saber, una instalación militar o planta de guerra rodeada o adyacente a casas u otros edificios más susceptibles al daño.”
Del empleo táctico se pasó al estratégico. Once días después del ultimátum de Postdam, el 6 de agosto de 1945, al no recibir respuesta, un bombardero estadounidense llamado Enola Gay partió desde Tinian, una de las Islas Marianas, en ruta hacia Japón. En el vientre del bombardero estaba "Little Boy", una bomba atómica, y su destino era la ciudad de Hiroshima.
Pero esa es otra historia…
Raid aéreo del Enola Gay y del Bockscar. el 6 y 9 de agosto de 1945
FUENTES:
https://www.facebook.com/photo?fbid=363594215944666&set=a.340705901566831
Fortis Leader - The Pacific & Asia
Giangreco, D. M. Hell to Pay. Naval Institute Press.
Pedro Pablo Romero Soriano PS

