En la imagen; soldado del Ejército Imperial y su caballo, en la Segunda Guerra Mundial
Un grupo de sonrientes aspirantes a pilotos japoneses posan delante de un avión de combate Nakajima Ki-44 antes de despegar para una salida en 1945. El Nakajima Ki-44 Shōki fue un avión de combate monomotor utilizado por la Fuerza Aérea del Ejército Imperial Japonés en la Segunda Guerra Mundial
Oficiales japoneses observan el efecto del bombardeo sobre las posiciones enemigas. Filipinas, Enero de 1942
Alumnos de la escuela de vuelo de la Fuerza Aérea Imperial Japonesa saludan militarmente a su instructor junto al avión de entrenamiento Tachikawa Ki-54. La fotografía fué tomada en 1942. El Tachikawa Ki-54, fue un bimotor japonés de entrenamiento avanzado utilizado durante la Segunda Guerra Mundial
El Ejército Imperial Japonés del período de 1931 a 1945 era una combinación extraña: una fuerza moderna, bien entrenada y armada, pero imbuida de las tradiciones antiguas y cerradas de un pueblo que acababa de salir de siglos de un autoimpuesto aislamiento del mundo moderno.
Las contradicciones de la sociedad japonesa se reflejaban en sus fuerzas armadas, que abrazaban cualquier avance tecnológico militar pero seguían ancladas en las costumbres de una sociedad medieval, esencialmente feudal.
Estas contradicciones crearon un ejército que era un enigma para la mayoría de los observadores extranjeros, un ejército que fue fatalmente malinterpretado y menospreciado por sus enemigos en los primeros compases de la guerra, pero que al mismo tiempo fue terriblemente vulnerable a ellos en cuanto mostró sus peculiares debilidades.
La adaptabilidad, las tácticas agresivas, el valor fanático y la obediencia ciega del soldado japonés iban a dar a ese ejército una victoria tras otra durante la guerra contra China en la década de 1930 y en las ofensivas relámpago contra las fuerzas estadounidenses, holandesas, británicas y de la Commonwealth en Asia y el Pacífico en 1941-1942.
A mediados de 1942, las fuerzas armadas imperiales japonesas habían expandido enormemente el Imperio en una espectacular campaña de conquista de 6 meses.
Tanto había conquistado el Ejército nipón que ahora se hallaba desplegado en el extremo de unas líneas de suministro extraordinariamente largas. El sistema logístico japonés era inadecuado – e incluso primitivo – a todos los niveles, pero los planes del alto mando para defender un perímetro tan inmenso no parecieron tener esto en cuenta.
El Imperio quedó abrumado por la capacidad de EE.UU. de producir cañones, carros de combate, buques y aviones, y de tripularlos. Japón por su parte carecía de la base industrial necesaria para mantener a sus desperdigadas fuerzas armadas y reemplazar las enormes pérdidas sufridas.
La disparidad entre la producción de guerra de EE.UU. y Japón queda de manifiesto en una estadística extraordinaria: por cada soldado japonés en el Pacífico había 1 kg. de material, mientras que por cada estadounidense había 4 toneladas.
Otro dato: ya en 1941, la producción de aviones estadounidense era 4 veces mayor que la japonesa, una brecha que se iría ampliando de forma imparable. Sin embargo, el carácter único de la milicia japonesa le permitió desafiar esas condiciones tan negativas. Aunque sus fieras batallas defensivas no lograron otra cosa que enormes pérdidas humanas, todavía había 2 millones de soldados dispuestos a defender las islas metropolitanas de la invasión aliada cuando el lanzamiento de las bombas atómicas.
Para mediados de 1942, el Ejército Imperial Japonés se había ganado la reputación de invencible entre las conmocionadas tropas aliadas, pero en cuanto éstas empezaron a contraatacar – en Guadalcanal y Nueva Guinea – salieron a la luz las deficiencias de dicho ejército y se aprendió a explotarlas. La mayoría de los comandantes japoneses carecían de imaginación más allá de la doctrina de atacar a toda costa: cuando el ataque fallaba, tendían a repetir el intento hasta que sus tropas quedaban diezmadas.
A diferencia de los ejércitos occidentales, el japonés apenas progresó en cuanto a mecanización. Sus unidades siguieron siendo esencialmente fuerzas de infantería apoyadas por artillería media y cuyo transporte seguía dependiendo de caballos y mulas. El ejército nipón andaba escaso de artillería pesada y era incompetente en su uso, pues se ponía todo el énfasis en el apoyo inmediato a la infantería.
La planificación y ejecución logística fue mala desde el principio: en el invierno de 1942-43, en Nueva Guinea, decenas de miles de soldados fueron más o menos abandonados a su suerte, y no sería la última vez. Existía una fuerte rivalidad entre el Ejército y la Marina Imperial, lo que tenía unas consecuencias nefastas en unas campañas en las que la cooperación interarmas era vital.
El Ejército Imperial Japonés poseía importantes cualidades tácticas que puso en práctica casi hasta el final. El enemigo más temible es el soldado al que no le importa morir o seguir vivo, y esta cultura permeó en todas las fuerzas imperiales. Los Aliados descubrieron que era casi imposible tomar prisioneros japoneses: «la muerte antes que la rendición»era un principio genuino y no sólo un eslogan.
Las posiciones de campaña que los japoneses defendían hasta la muerte solían ser numerosas, bien emplazadas y de sólida construcción. Su talento para el camuflaje era de primer orden, y su disciplina de fuego, excelente. Habían aprendido de sus errores.
En Tarawa fortificaron todo el perímetro de la isla, por lo que cuando los norteamericanos desembarcaron en el lado opuesto al más esperado, una gran parte del plan defensivo se vino abajo, pues no existía un reducto central desde el que lanzar contraataques en todas direcciones.
En Peleliu y en adelante se aplicó esa lección: la mayor parte de guarniciones estaban desplegadas en amplios y complejos sistemas tierra adentro formados por emplazamientos de armas, búnkeres profundos, túneles interconectados y cuevas naturales optimizadas. Aunque básicamente defensivas, las tácticas japonesas implicaban siempre contraataques inmediatos y desesperados para retomar el terreno perdido.
Dado el escaso valor que se daba a la vida del soldado japonés, no es extraño que éste tuviese en una estima aún menor la de los extranjeros. Entrevistas a veteranos han confirmado que era habitual que, al llegar a una unidad en el frente chino, el soldado fuese obligado a demostrar su obediencia y su espíritu matando a bayonetazos a un prisionero o campesino chino (o, si el recién llegado era un oficial, decapitandolo con su espada).
Espoleados por sus mandos, estos soldados embrutecidos producto de una sociedad que se vanagloriaba de su superioridad racial trataron a los civiles de los territorios conquistados con una crueldad medieval.
En China, la pesadilla de los ataques guerrilleros desembocó en la aplicación de la política oficial de los «tres todos»: «quemadlo todo, cogedlo todo, matadlo todo».
Fotografía coloreada por Faku Gastón Filipe (FGF Colourised)
La disciplina militar japonesa
Los hombres que lucharon por Japón hacían gala de un coraje y una capacidad de sufrimiento que dejaban perplejos a sus oponentes, y a veces los aterrorizaron. El general británico William Slim dijo que los soldados japoneses eran “el insecto guerrero más formidable del mundo”, frase característica del humor de la época. Un oficial británico, que tenía en mejor consideración a los soldados rasos que a sus mandos, dijo que los soldados japoneses eran “soldados de primera en un ejército de tercera”, lo cual parece justo. Las virtudes de estos hombres se debían en parte a su cultura nacional, y en mayor medida a la actitud que se promovía implacablemente desde arriba.
Desde el día en que un hombre entraba a formar parte del Ejército o la Marina japoneses, se le sometía a un condicionamiento más brutal incluso que el de los rusos. El castigo físico era fundamental. El día que Souhei Nakamura emprendió el viaje hacia el cuartel en Manchuria donde tenía que presentarse para prestar servicio, llevaba una petaca de sake que su novia le había entregado como regalo de despedida. En el tren, que estaba abarrotado de chinos, entabló conversación con dos soldados japoneses. Cuando les contó que llevaba sake, estos le advirtieron: “más vale que no aparezcas en el cuartel con eso, te daría muchos problemas”. De manera que entre los tres se bebieron todo el sake. Los soldados se quedaron felizmente dormidos y el nuevo recluta llegó dando tumbos hasta una de las ventanas para que le diera el aire. Al regresar descubrió que otros pasajeros chinos le habían robado el equipaje. Cuando se presentó en los barracones, fue tan ingenuo de relatar lo que le había sucedido en el tren a un suboficial, que le propinó una paliza al instante. Desde ese mismo día, Nakamura odió la vida militar. Su opinión es útil para contrarrestar la idea de que todos los reclutas japoneses estaban ansiosos por dar la vida por su país: “pensaba que enrolarse en el ejército era sencillamente conseguir un billete de ida al Santuario Yasukuni”, declaraba lacónicamente. Yasukuni está dedicado a aquellos que cayeron sirviendo al emperador.
El primer año de servicio militar era notoriamente espantoso. Como relata Masaichi Kikuchi: La personalidad dejaba de existir, solo existía el rango. Pasabas a ser lo más bajo y despreciable, te veías condenado a cocinar, limpiar, entrenar y correr, día y noche. Podías recibir una paliza por cualquier cosa: por ser demasiado bajo o demasiado alto, incluso porque a alguien no le gustaba cómo bebías el café. El propósito de esto era hacer que las órdenes se obedecieran al instante, y el método daba resultado. Si quieres que los soldados trabajen duro, tienen que entrenar duro. Este era el sistema que hacía que el ejército japonés fuera tan formidable: cada hombre era adiestrado para aceptar ciegamente las órdenes del líder de su grupo, y después, a su vez, pasaba a adoptar él mismo ese papel de líder arrogante y dar órdenes a los nuevos reemplazos de reclutas. ¿Acaso no es así en todos los ejércitos?.
El teniente Hayashi Inoue declaraba: El primer año como recluta era terrible para todos. Era algo por lo que había que pasar, había que aceptarlo. La mayoría de nuestros hombres eran muy simples, inocentes; se trataba de pescadores y campesinos que habían tenido una educación muy escasa, y personas por el estilo. Había que enseñarles el significado de la palabra disciplinad. El soldado Shintaro Hiratsuka, que prestaba servicio en la zona fronteriza de Manchuria, fue castigado con una paliza por perder el abrigo. El incidente le llevó a perder la estima por el ejército y comenzar a realizar
pequeños hurtos. Cuando lo descubrieron y volvieron a azotarle, el soldado desertó y acabó siendo arrestado y ejecutado.
Durante la guerra de Japón en China, se institucionalizaron las prácticas de realizar el entrenamiento de bayoneta con prisioneros vivos y decapitaciones. El objetivo de tales experiencias era endurecer el alma de los hombres, y ciertamente lograban su propósito. Un prisionero sudafricano en Java escribió: “Allí presencié innumerables maneras de matar a un hombre, pero, de forma muy significativa, nunca lo hacían de un solo tiro. Digo que es significativo porque para mí esta era la prueba más demoledora de que las fuerzas que invadían el espíritu de los japoneses eran remotas y arcaicas, y bloqueaban completamente la luz del día del siglo XX”.
La disciplina naval era algo menos brutal. En el portaaviones Akitsus Hima, Kisao Ebisawa era el encargado de administrar los castigos en la reunión disciplinaria que se celebraba cada semana. Su tarea consistía en golpear a los hombres en los costados con un pesado travesaño que durante todo el servicio se empleó para este propósito, “para que espabilaran”. Lo normal eran cinco golpes. Ebisawa comenta compungido: “Después de encargarme de una veintena o dos de hombres, me dolía bastante la muñeca”. Y estando en combate, cuando el bote de un destructor se dedicaba a rescatar a los supervivientes de un acorazado, era corriente que un grupo de hombres desesperados intentaran trepar a bordo, poniendo en peligro el bote. En estos casos, los soldados que se encontraban dentro se limitaban a sacar las espadas y cortarles las manos a los intrusos, a pesar de ser japoneses como ellos.
Los hombres que lucharon por Japón hacían gala de un coraje y una capacidad de sufrimiento que dejaban perplejos a sus oponentes, y a veces los aterrorizaron. El general británico William Slim dijo que los soldados japoneses eran “el insecto guerrero más formidable del mundo”, frase característica del humor de la época. Un oficial británico, que tenía en mejor consideración a los soldados rasos que a sus mandos, dijo que los soldados japoneses eran “soldados de primera en un ejército de tercera”, lo cual parece justo. Las virtudes de estos hombres se debían en parte a su cultura nacional, y en mayor medida a la actitud que se promovía implacablemente desde arriba.
Desde el día en que un hombre entraba a formar parte del Ejército o la Marina japoneses, se le sometía a un condicionamiento más brutal incluso que el de los rusos. El castigo físico era fundamental. El día que Souhei Nakamura emprendió el viaje hacia el cuartel en Manchuria donde tenía que presentarse para prestar servicio, llevaba una petaca de sake que su novia le había entregado como regalo de despedida. En el tren, que estaba abarrotado de chinos, entabló conversación con dos soldados japoneses. Cuando les contó que llevaba sake, estos le advirtieron: “más vale que no aparezcas en el cuartel con eso, te daría muchos problemas”. De manera que entre los tres se bebieron todo el sake. Los soldados se quedaron felizmente dormidos y el nuevo recluta llegó dando tumbos hasta una de las ventanas para que le diera el aire. Al regresar descubrió que otros pasajeros chinos le habían robado el equipaje. Cuando se presentó en los barracones, fue tan ingenuo de relatar lo que le había sucedido en el tren a un suboficial, que le propinó una paliza al instante. Desde ese mismo día, Nakamura odió la vida militar. Su opinión es útil para contrarrestar la idea de que todos los reclutas japoneses estaban ansiosos por dar la vida por su país: “pensaba que enrolarse en el ejército era sencillamente conseguir un billete de ida al Santuario Yasukuni”, declaraba lacónicamente. Yasukuni está dedicado a aquellos que cayeron sirviendo al emperador.
El primer año de servicio militar era notoriamente espantoso. Como relata Masaichi Kikuchi: La personalidad dejaba de existir, solo existía el rango. Pasabas a ser lo más bajo y despreciable, te veías condenado a cocinar, limpiar, entrenar y correr, día y noche. Podías recibir una paliza por cualquier cosa: por ser demasiado bajo o demasiado alto, incluso porque a alguien no le gustaba cómo bebías el café. El propósito de esto era hacer que las órdenes se obedecieran al instante, y el método daba resultado. Si quieres que los soldados trabajen duro, tienen que entrenar duro. Este era el sistema que hacía que el ejército japonés fuera tan formidable: cada hombre era adiestrado para aceptar ciegamente las órdenes del líder de su grupo, y después, a su vez, pasaba a adoptar él mismo ese papel de líder arrogante y dar órdenes a los nuevos reemplazos de reclutas. ¿Acaso no es así en todos los ejércitos?.
El teniente Hayashi Inoue declaraba: El primer año como recluta era terrible para todos. Era algo por lo que había que pasar, había que aceptarlo. La mayoría de nuestros hombres eran muy simples, inocentes; se trataba de pescadores y campesinos que habían tenido una educación muy escasa, y personas por el estilo. Había que enseñarles el significado de la palabra disciplinad. El soldado Shintaro Hiratsuka, que prestaba servicio en la zona fronteriza de Manchuria, fue castigado con una paliza por perder el abrigo. El incidente le llevó a perder la estima por el ejército y comenzar a realizar
pequeños hurtos. Cuando lo descubrieron y volvieron a azotarle, el soldado desertó y acabó siendo arrestado y ejecutado.
Durante la guerra de Japón en China, se institucionalizaron las prácticas de realizar el entrenamiento de bayoneta con prisioneros vivos y decapitaciones. El objetivo de tales experiencias era endurecer el alma de los hombres, y ciertamente lograban su propósito. Un prisionero sudafricano en Java escribió: “Allí presencié innumerables maneras de matar a un hombre, pero, de forma muy significativa, nunca lo hacían de un solo tiro. Digo que es significativo porque para mí esta era la prueba más demoledora de que las fuerzas que invadían el espíritu de los japoneses eran remotas y arcaicas, y bloqueaban completamente la luz del día del siglo XX”.
La disciplina naval era algo menos brutal. En el portaaviones Akitsus Hima, Kisao Ebisawa era el encargado de administrar los castigos en la reunión disciplinaria que se celebraba cada semana. Su tarea consistía en golpear a los hombres en los costados con un pesado travesaño que durante todo el servicio se empleó para este propósito, “para que espabilaran”. Lo normal eran cinco golpes. Ebisawa comenta compungido: “Después de encargarme de una veintena o dos de hombres, me dolía bastante la muñeca”. Y estando en combate, cuando el bote de un destructor se dedicaba a rescatar a los supervivientes de un acorazado, era corriente que un grupo de hombres desesperados intentaran trepar a bordo, poniendo en peligro el bote. En estos casos, los soldados que se encontraban dentro se limitaban a sacar las espadas y cortarles las manos a los intrusos, a pesar de ser japoneses como ellos.
El vicealmirante Matome Ugaki (que había sido ayudante personal de Yamamoto y en 1943 había sobrevivido a la emboscada que le costó la vida a éste) era el comandante en jefe de la 5ª Flota Aérea, y dirigía los ataques suicidas que se lanzaban contra la flota norteamericana en Okinawa. Estaba orgulloso de sus kamikazes. En su diario había escrito: "Soy feliz de ver que, cuando la situación se hace crítica, esta clase de método de ataque aparece espontáneamente, para mostrar así el glorioso camino de guerreros... el verdadero espíritu de un guerrero japonés"...
FUENTES:
https://www.facebook.com/photo/?fbid=493652132785967&set=pb.100064235526662.-2207520000.
https://www.facebook.com/photo/?fbid=493652132785967&set=pb.100064235526662.-2207520000.
Historia de la Segunda Guerra Mundial
Fuentes;
Soldados de la II Guerra Mundial: «El Ejército de Kwantung y la expansión japonesa» de Philip Jowett.
Soldados de la II Guerra Mundial: «Los Comandos Suicidas y otras unidades japonesas» de Philip Jowett
Pedro Pablo Romero Soriano PS





