Ataque kamikaze

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En la imagen, el daño provocado por el ataque kamikaze en el costado de estribor del destructor norteamericano clase Benham, USS Sterett Numeral DD-407, recibido frente a Okinawa, el 9 de abril de 1945.La fotografía fué tomada en Kerama Retto, en las Islas Ryukyu, el 11 de abril de 1945, a donde llegó el buque para reparaciones de emergencia


El día después de Navidad partió hacia Mindoro con un convoy de suministros.
Dos días después, los japoneses atacaron. Temprano esa mañana, tres kamikazes alcanzaron el convoy de Sterett. El fuego antiaéreo alcanzó al primero, pero el segundo y el tercero lograron estrellarse contra los buques mercantes.
Sterett soportó el embate del "Viento Divino" hasta que el convoy de abastecimientos se disolvió el día de Año Nuevo de 1945.
En esa fecha, regresó a la Bahía de San Pedro, reclamando la destrucción de un avión suicida y ayudando a eliminar otros dos. Durante los siguientes tres meses, Sterett navegó por las aguas del Pacífico Sur y Central, y se dedicó principalmente a tareas de patrulla y convoy en las Islas Salomón.
El 13 de abril de 1945, estaba frente a Okinawa, participando en el ataque de Ryukyus como un barco de control de radar.
En Okinawa, Japón lanzó una oleada de Kamikazes contra la Armada.
Particularmente afectados fueron los barcos en servicio de control de radar. El 6 de abril, Sterett tuvo que acompañar a su barco compañero, Bennett, DD 473, a Zampa Misaki en Okinawa después de que ese destructor fuera alcanzado por un kamikaze.
Tres días después, Sterett corrió la misma suerte, al noreste de Okinawa, cinco aviones enemigos se abalanzaron sobre ello.
El primero fue derribado, el segundo fue alcanzado por la batería principal del destructor; pero el tercero, aunque ya tocado, presionó su ataque y se estrelló contra Sterett, en el lado de estribor en su línea de flotación.
Perdió toda la energía eléctrica, pero sus armas de 20 y 40 milímetros aún lograron derribar al cuarto atacante.
El destructor también perdió la dirección y, sus comunicaciones se interrumpieron los tanques de combustible delanteros se dañaron. Sin embargo, con los incendios en el comedor bajo control, el control de la dirección se restablecido y las líneas de comunicación de emergencia preparadas, se trasladó a Kerama Retto con el Jeffers, DMS 21, proporcionando cobertura antiaérea.
Después de las reparaciones de emergencia en Kerama Retto,varios buques navegaron a Pearl Harbor, donde estuvieron del 1 al 10 de mayo en Oahu, en que se trasladó a Bremerton, Washington y realizó reparaciones más extensas.
Durante los meses de junio, julio y las tres primeras semanas de agosto de 1945, permaneció en la costa oeste.
Luego, del 21 al 28 de agosto, Sterett navegó a Pearl Harbor. A su llegada, se utilizo de bombardeo desde tierra y como artillería antiaérea durante un mes.
El 25 de septiembre, zarpó con el Mississippi, BB 41, Carolina del Norte, BB 55 y el Enterprise.
El Sterett transitó por el Canal de Panamá los días 8 y 9 de octubre y, después de una de tres días en Coco Solo, siguió hacia el norte. Llegó a Nueva York el 17 de octubre y fue dado de baja allí el 2 de noviembre de 1945.
Su nombre fue eliminado de la lista de la Armada el 25 de febrero de 1947 y fue vendido el 10 de agosto a Northern Metal Co. de Filadelfia para su desguace.




Preparación, selección y vivencia emocional de los pilotos kamikaze del Ejército Imperial Japonés (1944–1945)

La aparición de las unidades kamikaze (tokkōtai ) en el otoño de 1944 constituyó una de las manifestaciones más extremas de la militarización ideológica del Japón imperial en la fase final de la Guerra del Pacífico. Lejos de ser un fenómeno espontáneo o meramente fanático, el sistema kamikaze fue el resultado de una combinación de colapso estratégico, tradición cultural reinterpretada, presión institucional y una cuidadosa construcción psicológica del sacrificio como deber supremo. La misión del capitán Ryōji Uehara el 11 de mayo de 1945, a bordo de un caza Kawasaki Ki-61 Hien, se inscribe plenamente en este contexto de guerra total y desesperación nacional.

Desde el punto de vista organizativo, los kamikaze no fueron inicialmente concebidos como una política permanente. Su creación respondió a la incapacidad japonesa para detener el avance naval estadounidense tras las derrotas de 1944 en el mar de Filipinas y el golfo de Leyte. La destrucción de la aviación embarcada japonesa y la escasez de pilotos experimentados llevaron al Alto Mando a aceptar tácticas de impacto suicida como única forma de infligir daños significativos a la flota enemiga. Sin embargo, una vez institucionalizadas, las unidades kamikaze fueron integradas en la estructura regular del Ejército y la Armada, con reglamentos, rituales y procedimientos específicos.

La selección de los pilotos es uno de los aspectos más complejos y, a menudo, malinterpretados. Oficialmente, los kamikaze eran “voluntarios”, pero este voluntariado se producía en un entorno de presión moral extrema. A los jóvenes oficiales y suboficiales se les presentaban formularios en los que debían marcar su disposición a ofrecer la vida por el Emperador. Aunque existía la opción teórica de rechazar la misión, hacerlo implicaba un estigma inmediato: cobardía, deshonor y deslealtad al kokutai (la esencia nacional japonesa). En la práctica, la mayoría de los pilotos aceptaron, no siempre por convicción fanática, sino por una combinación de sentido del deber, presión del grupo y resignación ante una guerra que Japón ya no podía ganar.

En el Ejército Imperial, al que pertenecía Uehara, muchos kamikaze eran pilotos con formación incompleta o acelerada. La preparación técnica se reducía a lo esencial: despegar, mantener el rumbo, identificar el objetivo y estrellarse. La instrucción avanzada en combate aéreo o aterrizaje se consideraba innecesaria. Más importante aún era la preparación psicológica. Los oficiales instructores enfatizaban la idea de una “muerte bella” (reishi, 礼死), presentada como la culminación de la vida de un soldado. Se recurría constantemente a referencias al bushidō, reinterpretado de manera moderna, donde la lealtad absoluta y el sacrificio voluntario sustituían cualquier noción de supervivencia individual.

Los rituales previos a la misión desempeñaban un papel central en esta preparación emocional. Antes del despegue, los pilotos participaban en ceremonias sintoístas, bebían sake ritual, recibían bandas con el sol naciente y escribían poemas de despedida (jisei no ku). Estos poemas, lejos de ser simples formalidades, revelan una profunda ambivalencia emocional. En muchos de ellos aparece la aceptación serena de la muerte junto a referencias a la naturaleza, la fugacidad de la vida y el dolor por la separación de los seres queridos. La propaganda posterior tendió a presentar estos textos como expresiones de entusiasmo patriótico, pero un análisis detallado muestra una mezcla de deber, melancolía y tristeza contenida.

El sentimiento personal de los kamikaze fue, en la mayoría de los casos, profundamente contradictorio. Los diarios y cartas conservados muestran que muchos pilotos eran plenamente conscientes de la inutilidad estratégica de su sacrificio. Algunos expresaban dudas abiertas sobre la conducción de la guerra y la responsabilidad de los altos mandos, aunque estas críticas raramente se hacían públicas. La obediencia no implicaba necesariamente fe ciega, sino aceptación resignada de un destino percibido como inevitable. En este sentido, la serenidad que muchos testigos describieron en pilotos como Uehara no debe interpretarse como fanatismo, sino como una forma de autocontrol aprendida y socialmente exigida.

El impacto emocional sobre las familias fue igualmente profundo y complejo. En la cultura japonesa de la época, la familia del kamikaze debía mostrar orgullo y contención, incluso cuando el dolor era devastador. Las madres y esposas recibían notificaciones oficiales que exaltaban el honor del sacrificio, acompañadas en ocasiones por pertenencias personales o cenizas simbólicas. Expresar abiertamente el duelo era socialmente mal visto, ya que podía interpretarse como una falta de gratitud hacia el Emperador. Sin embargo, testimonios posteriores revelan que muchas familias vivieron el sacrificio como una tragedia impuesta, marcada por el silencio y el trauma prolongado.

Es significativo que, tras la guerra, numerosos familiares y supervivientes cuestionaran abiertamente la legitimidad moral del sistema kamikaze. Muchos antiguos oficiales reconocieron que la retórica del voluntariado ocultaba una coerción estructural y que el sacrificio de miles de jóvenes pilotos no alteró de manera decisiva el curso del conflicto. La figura del kamikaze, elevada durante la guerra a símbolo de pureza y entrega absoluta, se convirtió en la posguerra en un recordatorio doloroso del coste humano de la militarización extrema.

En conclusión, la misión del capitán Ryōji Uehara el 11 de mayo de 1945 no puede entenderse como un acto aislado de fanatismo individual, sino como el resultado de un sistema que combinó colapso estratégico, adoctrinamiento ideológico y presión social. La preparación de los kamikaze fue tanto técnica como emocional, orientada a eliminar el miedo y transformar la muerte en deber. Sus sentimientos personales y los de sus familias estuvieron marcados por la ambivalencia, el silencio y el dolor, muy lejos de la imagen heroica simplificada que difundió la propaganda de guerra. El estudio de estas experiencias humanas resulta esencial para comprender no solo el fenómeno kamikaze, sino también las dinámicas más profundas de la guerra total en el Japón imperial.



FUENTES:
https://www.facebook.com/photo/?fbid=528117589339421&set=pb.100064235526662.-2207520000.

Historia de la Segunda Guerra Mundial

Fuentes y lecturas:
-Overy, Richard La guerra total: de la Primera a la Segunda Guerra Mundial Madrid: Crítica, 2010.
-Hastings, Max Némesis: la derrota del Japón 1944–1945
Barcelona: Crítica, 2008.
-Reischauer, Edwin O. Japón: pasado y presente Barcelona: Ediciones Destino, 1992.
-Cartas de pilotos kamikaze, en: Ienaga, Saburō
La guerra del Pacífico Barcelona: Crítica, 2006 (ed. esp.).
-Diarios y poemas de despedida (jisei no ku), recopilados en:
Crítica, dossier especial Japón 1937–1945, varios autores.































 


Pedro Pablo Romero Soriano PS

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