De los cinco “feldmariscales de Hitler", los más fieles, Kesselring fue el único superviviente, el de más edad Keitel, había sido ahorcado en Núremberg, von Reichenau había sufrido un ataque de apoplejía, Model y Greim se habían suicidado. Cuando Albert Konrad Kesselring, el más joven, murió en la madrugada del 16 de julio de 1960 en una clínica de Bad Nauheim, minado por el cáncer de garganta, de toda Alemania los “Alte Kampfer" (los veteranos) fueron en peregrinación a Wiessee, en la Baja Baviera, para tributarle el saludo postrero. El feldmariscal, de setenta y cinco años, yacía en el ataúd de bronce, cerrados los gélidos ojos azules, inmóvil la eterna sonrisa. Le habían vestido el uniforme azul de la Luftwaffe, apretaba entre sus manos el corto y pesado bastón que había sido el símbolo de su mando. y en el pecho lucia la “Ritterkreuz", la cruz de caballero con espadas, ganada en la campaña de Polonia. Desde las ventanas del chalet, situado en la cima de la Hirtenweg se contemplaba el plácido espectáculo del Tagernsee: el lago a 50 kilómetros de Munich, donde en un tiempo los jefes del Reich habían construido sus residencia de verano, resplandecía circundado por bosques y prados.
Ante el féretro de Kesselring, mientras tocaba la banda de los “Stahlhelm" (Cascos de Acero) solemnemente Ich halt'einen Kameraden (“Yo tenía un camarada", el antiguo himno tan apreciado por Hindenburg), desfilaron Sepp Dietrich, ex general de las SS y comandante de la guardia de corps del Führer; el canoso ex canciller Franz von Papen, el “zorro de Hitler”: el feldmariscal Ferdinad Schörner, el “hombre del puño de hierro"; el ex Gran Almirante Karl Doenitz, último jefe de la Alemania nacionalsocialista: el ex comandante Otto Remer, que había salvado Berlín del Putsch anti-hitleriano del 20 de julio de 1944; el ex Standartenführer Peiper; el ex embajador Rahn, el “virrey de Italia" después del 8 de septiembre... Una fila de fantasmas.
Al mediodía el féretro fue tomado a hombros y llevado al cementerio de Wiessee. Delante de la gente caminaba solo el hijo adoptivo del fallecido, el doctor Reiner Kesselring, funcionario estatal en Ansbach. La tumba había sido excavada junto a la de la mujer del feldmariscal. Louise Anna Pauline, muerta tres años antes, el 26 de enero de 1957. Como ella, también Kesselring había pedido una simple lápida. Sólo el grado, el nombre y la fecha.
Feldmarschall Albert Kesselring (izquierda) habla con el Mayor Siebel (derecha) en un ferry antiaéreo pesado Siebel. El ferry Siebel era un catamarán de desembarco de poco calado operado por la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial. Desempeñó una variedad de funciones en los mares Mediterráneo, Báltico y Negro, así como a lo largo del Canal de la Mancha. Fueron desarrollados para la Operación Sea Lion en 1940, la invasión alemana cancelada de Inglaterra. Color por Color por RJM
Zona del Canal de la Mancha, Francia. Julio- Octubre de 1940.
El Generalfeldmarschall Albert Kesselring comandante de la Luftflotte 2. (Tercero por la izq. de frente). Tres de los integrantes del grupo llevan el Sous vêtement en peaux fourré modèle 1938. Al segundo de espaldas se le puede ver el cordón cinturón ceñidor o martingala.
El tercero lleva la versión sin costura frontal. El sexto lleva un abrigo de cuero (Ledermantel) en color gris azul (Blaugrau) de la Luftwaffe. Cuello de tela, el que está a su lado lo lleva de cuero
El Generalfeldmarschall Albert Kesselring comandante de la Luftflotte 2. (Tercero por la izq. de frente). Tres de los integrantes del grupo llevan el Sous vêtement en peaux fourré modèle 1938. Al segundo de espaldas se le puede ver el cordón cinturón ceñidor o martingala.
El tercero lleva la versión sin costura frontal. El sexto lleva un abrigo de cuero (Ledermantel) en color gris azul (Blaugrau) de la Luftwaffe. Cuello de tela, el que está a su lado lo lleva de cuero
Albert Konrad Kesselring había nacido el 30 de noviembre de 1885 en Markstedi am Main, en Baviera. No procedía de familia de militares. Los antiguos Chezelrinch, originarios de la Baja Austria, se habían trasladado al mediodía de Alemania en torno al 1600.
Aunque algunas veces rechazará casi con fastidio la calificación de “prusiano"(una cálida noche de verano de 1943, en Frasean, habiendo bebido un poco de más. dijo: “Soy un mariscal alemán, pero remedio este defecto con mi certificado bávaro de nacimiento”), la formación de Kesselring ocurrió bajo las armas, y fue la típica de los "Junkers".
El ex ministro de Armamentos Speer cuenta que la noche del 18 de marzo de 1945 participó en Berlín de una reunión celebrada por Hitler en el bunker de la Nueva Cancillería. Estaba también Kesselring, nombrado comandante en jefe del frente occidental en vez de von Rundstedt. y se lamentaba con el Führer de que, durante los combates en el Sarre. la población se portó “de vergüenza”. Kesselring explicó: Ocurría con frecuencia que los habitantes de los pueblos no dejaban entrar a las mismas tropas alemanas, y les intimaban a que evitaran acciones de guerra que provocasen destrucciones. Speer añadió que Hitler se puso indignado y ordenó inmediatamente la evacuación forzosa del Sarre.
“Pero no hay trenes ni otros transportes", interrumpió desconcertado e indignado un general.
"¡Pues entonces que vayan a pie!”, rugió Hitler, y firmó la orden preparada mientras tanto por Keitel.
Kesselring, que habría podido evitarlo primero e intervenir después, accedió. Volvamos al joven estudiante que sueña en el oficio de las armas. En este camino los primeros pasos de Kesselring son los acostumbrados que encontramos en cualquier biografía de este género. Entra como aspirante en el 2.° Regimiento bávaro de artillería a pie, y en 1906, a los veintidós años, es ascendido a subteniente. La Primera Guerra Mundial le sorprende de capitán en el sector occidental, En 1917 es llamado a formar parte del Estado Mayor en el Frente Oriental, pero al año siguiente Alemania se rinde, la guerra termina, y el Káiser último de los emperadores alemanes, parte hacia el exilio.
Como tantos otros militares frustrados por la derrota, Kesselring participa en los "Cuerpos Francos” y combate contra los movimiento políticos surgidos en Baviera.
Respecto al nacionalsocialismo, que está ya en puertas, ni una alusión (en sus memorias), ni una palabra. Hitler proclama que Alemania destrozará las cadenas de Versalles, que todos los alemanes se reunirán con la madre patria y que surgirá un nuevo estado. Kesselring, al igual que muchos de sus colegas, acoge favorablemente esta resuelta energía del nacionalsocialismo.
El nacionalsocialismo lleva ya en el poder ocho meses cuando proponen a Kesselring que abandone la artillería y pase a la Luftwaffe como jefe de los servicios administrativos. El vacila. Odia las oficinas y le gusta el servicio con la tropa y la vida de cuartel en Dresde junto a su mujer. Remolonea algunas semanas. Luego von Hammerstein, jefe del Ejército, disipa todas sus dudas con unas pocas palabras:
"¿Le ha sido comunicado su nuevo destino?”, le pregunta.
“Sí, mi general"
“¿Acepta?”.
“No, mi general”.
“Usted es un soldado y debe obedecer. ¿Acepta?”.
“Si, mi general”.
A los cuarenta y ocho años aprende a volar. Le llaman “el viejo”. Pero con Göring y Milch, en sólo cinco años transforma la Luftwaffe, crea nuevos pilotos, cambia las antiguas tácticas de combate. El avión lanzado a un objetivo distante o a la lucha por el dominio del cielo es ya un hecho superado. En la guerra moderna debe apoyar a baja altura al Ejército de tierra dedicado a la invasión del territorio enemigo. Este es, extraordinario en su sencillez, el empleo revolucionario del avión que con los carros de combate, usados como instrumentos de ruptura, así como de cobertura de la Infantería, será el pivote absoluto de la "Blitzkrieg".
Todos los grados que Kesselring alcanza desde ese momento (general de división en 1935, jefe de Estado Mayor de la Luftwaffe en 1936) son merecidos, y su labor de “técnico de la guerra” será pronto llevada a la práctica a expensas de los polacos, los holandeses, los británicos; Varsovia arrasada por los Ju-87, Rotterdam bombardeada en alfombra. Coventry pulverizada en una noche de luna por 500 Dornier 17. Mil doscientos civiles muertos en la primera ciudad, 850 en la segunda, 554 en la tercera. En Núremberg, escuchado como testigo por el Tribunal Internacional que juzgaba a los jefes del Tercer Reich, Kesselring dijo que “mis aviones no fueron nunca usados para matar o aterrorizar a las mujeres y niños polacos”; que en Rotterdam ni Göring ni él habían sido notificados a tiempo de la rendición; y que en Coventry sus hombres apuntaban a las fábricas de armas pero "los incendios y el humo impidieron a los nuestros ver con precisión”, y “se acabó por alcanzar las zonas circundantes a los objetivos, desprovistas de interés estratégico".
En realidad había sacado partido del discurso con el que Hitler había anunciado a los generales la decisión de agredir a Polonia, aunque Kesselring escribe en sus memorias que “viví aquel interesante periodo (verano de 1939) bastante al margen de los acontecimientos".
De los archivos alemanes requisados al fin de la guerra se desprende su presencia en la reunión convocada por el Führer en Obersalzberg, el 29 de agosto, donde ni él ni los demás encontraron nada que objetar cuando Hitler les incitó a lanzarse contra el enemigo sin tregua y sin piedad. Dijo el Führer “Nuestro objetivo es la destrucción de la potencia militar de Polonia", y por tanto "debemos acorazarnos contra cualquier sentimiento humanitario. Debemos endurecer y cerrar nuestro corazón... El vencedor nunca es llamado a justificar sus acciones. En nuestro caso no se trata de una cuestión de justicia, sino sólo de alcanzar la victoria”.
El 19 de julio de 1940, caída Francia. Hitler interrumpe e! discurso en el Reichstag, en el que ofrecía la paz a Gran Bretaña, para entregar el bastón de feldmariscal a doce generales victoriosos, tres eran de la Luftwaffe: Milch, Sperrle y Kesselring, pero sólo a este último (con gran indignación de Goering) dirigió Hitler la palabra: "No sé de otros que hubieran podido emplear con tanto éxito la flota aérea alemana”. Obediente, el fiel Kesselring había cerrado su corazón a la piedad (lo habría hecho de todos modos, aun a falta de órdenes), y el Führer le estaba agradecido.
Kesselring llegó a Italia a finales de noviembre de 1941, como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas del frente del Mediterráneo. Fracasada la invasión de Inglaterra, donde la Luftwaffe, pese a algunos aciertos iníciales, sufrió duros golpes, el mariscal de campo dirigió las operaciones en Rusia del VII y VIII Cuerpos Aéreos y quizá fue precisamente entonces cuando empezó a dejar de creer en la victoria; sus primeras dudas, contará más larde, aparecieron en el terrible invierno de 1941. "cuando no logramos tomar Moscú”.
Al llegar a Italia, Kesselring era un desconocido para ese país, y el curso de la guerra quiso que su nombre se hiciera célebre a causa del terror.
Hacia pocas concesiones a las apariencias. Alto, macizo, de pelo castaño, una sempiterna sonrisa en los labios, ojos azules y helados, carecía de espontaneidad y no inducía a simpada, si bien sus camaradas de armas te llamaban “el sonriente Albert". Vivía en primera línea, si lo consideraba necesario, y por eso estuvo tres veces al borde de la muerte: primero en Trápani, durante el desembarco angloamericano; luego en Frascati. a raíz de un bombardeo aéreo, y, por último, en la carretera de Bolonia a Forli, el 23 de octubre de 1944, cuando su automóvil chocó contra un cañón en marcha, y Kesselring, herido en la cabeza, hubo de ceder durante tres meses el mando al general von Vietinghof.
El mariscal tenía un especial interés por sus soldados. Ante la tropa era una especie de guardián celoso, pero de manera exclusivista y egoísta, como el artesano avezado es celoso de los secretos del oficio; para que resulte más claro, entre él y sus subordinados no existía verdadera camaradería, como en el caso de Rommel. Tenía también una vida propia, severa y reservada: no fumaba, no iba al cine ni al teatro, ni frecuentaba salones. Le gustaba la comida italiana, bebía con agrado vino y café y dedicaba su tiempo libre a escribirle a su mujer. Nunca, desde luego, una palabra acerca de la guerra: por el contrario, proyectos de regreso a Italia, cuando todo hubiera concluido, para visitar como turistas Roma, Venecia, Florencia, Rávena, etc. Para ello, la maríscala (así llamaban en Alemania a las esposas de los mariscales) estudiaba el italiano con un diccionario y una gramática que él le había enviado como regalo el 21 de noviembre de 1942, con motivo de cumplir cincuenta y seis años.
Los juicios de quienes alternaban con él son contradictorios: ‘'Un vedette, un ambicioso, sin capacidad alguna para comprender los problemas generales", dijo el embajador alemán Rahn; como "hombre dúctil y amable” lo definió Dollman, y "no un testarudo brutal, como Rommel". Y su jefe de Estado Mayor, Westphal: "Un temperamento modesto. Un corazón generoso y sensible. Hizo mucho por los italianos, sobre todo por la población civil".
Juicios interesados. La verdad es un poco distinta. Los italianos no agradaban a Kesselring, quizá porque los intuyera hostiles a su manera de concebir la guerra: "Les he querido demasiado, ahora les odio", confesó al cónsul general alemán Moellhausen en marzo de 1944. Más tarde cambiará de idea: “Todavía siento mucha simpatía por su pueblo", le dijo al periodista Enzo Biagi. Lo cierto es que el mariscal no gustaba siquiera de algunos de sus compatriotas (Rommel, por ejemplo), pero se adaptaba a las circunstancias: fidelísimo a Hitler, en privado se enorgulleció de no haber sido nacionalsocialista jamás; altanero representante de la casta militar, susurraba a sus íntimos que sentía antipatía hacia los generales de carrera y se ufanaba de sus orígenes católicos y bávaros; por consiguiente, potencialmente anti-prusianos.
Ambiguo y distante, no era siquiera un personaje de biografías; con los extraños, y posteriormente en sus memorias, hablaba a menudo de sus soldados, pero, a diferencia de von Reichenau, no iba a comer el rancho con ellos, ni los desafiaba a atravesar a nado un río de la estepa rusa; afirmaba que la derrota es un deshonor contra el cual sólo puede oponerse la propia aniquilación, pero despreciaba a Model, quien, cercado por los norteamericanos en las Ardenas, se disparó un tiro en la cabeza tras escoger la encina al pie de la cual quería que le enterrasen. Kesselring no leía a los clásicos; sus lecturas predilectas, si nos atenemos a su asistente, eran los Baedeker italianos y griegos. Tampoco le gustaba la música, porque, según su propia confesión, “la música es un ruido que no entiendo”.
Cuando sobrevino el atentado contra Hitler, el 20 de julio de 1944, acababa de regresar de la Wolfsschanze, donde el Führer le había impuesto otra Ritterkreuz. Para Kesselring, era “inconcebible” la idea de una conjura contra Hitler, y más tarde escribiría que "el compromiso asumido con el juramento conservaba su carácter solemne".
La noche posterior al atentado contra Hitler, en la mesa del comedor de Kesselring se entabló una discusión acerca de los conceptos de “insubordinación”y “desobediencia". Un joven coronel citó al general de Federico el Grande que a uno de sus subordinados que ejecutaba mecánicamente una orden le dijo: "El Rey de Prusia le ha nombrado a usted oficial de Estado Mayor para que aprenda cuándo es el momento de no obedecer". Ante estas palabras, Kesselring se levantó silencioso y abandonó la reunión.
Así era el hombre. Muy distinto era el estratega. Se advirtió ya, después de su llegada a Roma, cuando Rommel, en la cresta de la ola de sus éxitos militares, proyectó la Operación Aida, una cabalgata de su Afrika Korps hacia el Nilo. Kesselring era de parecer contrario. Habrá quienes digan que por espíritu de contradicción (no era propio de su carácter) o por celos profesionales, pero más probablemente, porque veía más lejos. En Bastico le dijo a Rommel, sin circunloquios, que una marcha hacia Egipto era peligrosa si primero no se conquistaba Malta: mientras la isla amenazara las vías de abastecimientos del Afrika Korps, seguir alargando desmesuradamente las líneas de penetración en el desierto equivalía a debilitarse, hasta el punto de no poder resistir ante una posible contraofensiva.
Rommel replicó que el obstáculo de Malta, aunque grave, no era determinante hasta el extremo de impedir un avasallador avance: “Me basta con diez días", aseguró. Hitler, a quien se recurrió para la decisión definitiva, aprobó la audacia del “zorro del desierto". Kesselring afirmó más tarde que Rommel, para que triunfaran sus tesis, se valió del “influjo casi hipnótico" que ejercía sobre el Führer, así como de “un montaje propagandístico”, En todo caso, la realidad terminó por darle la razón: conquistada Tobruk, rebasada la frontera egipcia y alcanzado El Alamein, a 100 kilómetros de Alejandría, Montgomery clavó a Rommel en el desierto. Ya no avanzaría más, y las fuerzas alemanas, cercadas en las tenazas del VIII Ejército británico y el desembarco aliado en Argelia, tuvieron que abandonar el África.
Pero fue en la campaña de Italia donde se manifestaron las mejores cualidades de Kesselring como estratega. Mucho antes del desembarco en Sicilia intuyó que la península formaba parte del "vientre débil de Europa" y que un golpe contra Italia habría tenido una evolución político-militar, con la caída de Mussolini y la defección del aliado. Aunque escaso de municiones y combustibles y casi sin aviación, para el 8 de septiembre de 1943, fecha del armisticio ítalo-aliado, logró reagrupar sus ejércitos en el sur. El desembarco en Anzio, si Hitler no se hubiese empecinado “en dar órdenes precisas a cada mando sobre la manera de llevar el ataque", podría haber concluido en un triunfo alemán. La cabeza de puente angloamericana estuvo tan en un tris de derrumbarse, que dio lugar a la amarga reflexión de Churchill: “Yo había esperado lanzar un gato montés a la costa, y todo lo que tenemos es una ballena varada en la arena".
Aunque las proporciones con el enemigo eran como de uno a tres en la infantería y uno a cinco, e incluso diez en el armamento, y aun peor en todo lo demás, aunque Kesselring se viera solo y casi abandonado por el OKW, que consideraba perdida Italia, el mariscal opuso al "rastrillo incandescente” de los aliados que llegaban a la península, una estrategia cuidadosa y despiadada, de líneas y bases, que aprovechaba hasta el último palmo de terreno. Con la Línea Gustav. tendida entre los ríos Garigliano, Rápido y Sangro, contuvo al adversario alrededor de Cassino; cuando tuvo que ceder el baluarte, condujo hábilmente a sus ejércitos en una resistencia elástica, con batallas de hostigamiento y retiradas oportunas, hasta hacer pie en la Línea Gótica, sobre los Alpeninos de Toscana y Emilia, donde mantuvo bloqueado a Alexander durante todo un invierno.
En e! proceso de Venecia, que se abrió el 10 de febrero de 1947, el Tribunal condenó al mariscal a la pena de muerte por fusilamiento, pero el 4 de julio el mariscal Harding la conmutó por la de cárcel. Kesselring, con abrigo de paisano y gorra militar, fue trasladado primero a Wolfsberg, en Carintia, y luego a Werl. Westfalia, a una prisión donde, durante cinco años, se dedicó a encolar sacos de papel junto con los generales Mackensen y Maeltzer. El 23 de octubre de 1952, Edén le concedió la gracia, y el mariscal recuperó la libertad. Tenía sesenta y siete años y ya no era más que un viejo enfermo. Murió en 1960, en Nauheim.
Simultáneamente a su vida en la posguerra, Kesselring escribió sus experiencias durante la guerra en dos libros, los cuales fueron titulados como: Soldado hasta el último día (Soldat bis zum letzen Tag) y Pensamientos sobre la Segunda Guerra Mundial (Gedanken zum zweiten Weltkrieg).
FUENTES:
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Así fue la Segunda Guerra Mundial™
Angelo Michell Bello Bohórquez
Pedro Pablo Romero Soriano PS






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