Apodos de trinchera: el humor del Landser

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El Landser no tenía TikTok ni terapia. Tenía apodos. Le ponía nombre de perro a todo lo que lo quería matar porque si te ríes del miedo, el miedo pesa menos. Y en el Frente Oriental pesaba 30 toneladas y se llamaba T-34.

Al lanzacohetes soviético lo bautizaron Stalinorgel órgano de Stalin, porque cuando disparaba sonaba a misa con cuarenta tubos. Te mandaba al cielo con banda sonora. El cañón ZiS-3 era Ratsch-Bumm: oías el ratsch del disparo y el bumm cuando tu trinchera volaba. No había tiempo para el amén entre medio. Al IL-2 Sturmovik le decían Der Schwarze Tod, la Muerte Negra, bajaba lento, blindado, te miraba a los ojos mientras le vaciabas el cargador y después te dejaba un regalito de 100 kilos. El médico de batallón era el Knochensammler, juntahuesos, porque entrabas con cinco dedos y salías haciendo cuentas. El mejor amigo del Landser era el Heimat-Schuss, tiro a la patria, una herida elegante: ni tan grave para morir, ni tan leve para quedarte. Un agujero en el brazo era ascenso a civil.

A los tanques propios también los gastaban. El Panzer IV era Grosser Klopper, el golpeador grande, hasta que se cruzaba con un IS-2 y pasaba a llamarse Streichholzschachtel, caja de fósforos, por lo rápido que se prendía fuego. El Tiger era Möbelwagen, camión de mudanzas, porque pesaba tanto que no cruzaba un puente sin pedir permiso. Y cuando no andaba, que era seguido, le decían Stehender Tiger, tigre parado, el felino más sedentario del zoo. Al temido 88 le tenían respeto, pero a su dotación le decían Acht-Acht-Klinik, la clínica del ocho-ocho, porque donde atendían no quedaba nadie para quejarse.

Los rusos tenían lo suyo. Al T-34 le decían Mickymaus por las escotillas redondas de la torreta que parecían orejas. Lástima que ese Mickey te tiraba de a 76 mm y no firmaba autógrafos. Al PPSh-41 lo llamaban Nähmaschine, máquina de coser, por cómo sonaba: tacatacataca. Te cosía el uniforme al cuerpo en dos segundos. Y a la infantería soviética en masa le decían die Traube, el racimo, porque venían todos juntos. Problema: el racimo devolvía fuego.

Los aliados occidentales no zafaron. Al P-47 Thunderbolt le decían Jaboschreck, espanta-Jabos, porque cuando aparecía los Jabos, cazabombarderos alemanes, se borraban. Al Sherman lo gastaban con Tommykocher, cocina de tommies, porque se incendiaba de nada. Se reían hasta que entendieron que los americanos tenían mil cocinas más y ellos ya no tenían fósforos. A las raciones K americanas les decían Hundefutter, comida de perro, pero las afanaban igual porque sabían a gloria al lado del Eintopf donde si flota es carne, si se hunde es papa y si explota es que el cocinero encontró una mina.

A la jerarquía la destrozaban. A los SS de retaguardia les decían Asphalt-Soldaten, soldados de asfalto, porque el barro no les manchaba las botas lustradas. A Göring era Der Dicke o Fliegender Fleischberg, montaña de carne voladora, y contaban que necesitaba dos paracaídas: uno para él y otro para su ego. A Hitler, en voz baja y mirando atrás, le decían Gröfaz, acrónimo de Grösster Feldherr aller Zeiten, el mejor estratega de todos los tiempos, pero lo usaban en joda después de Stalingrado. “Gracias al Gröfaz hoy tenemos turismo en Siberia”. A los oficiales recién salidos de academia les decían Goldfasanen, faisanes dorados, por las medallas brillantes y la poca idea. Duraban una semana en el frente.
Al equipo propio no le tenían piedad. La máscara antigas era Gesichtsgulasch, gulash de cara, porque con eso puesto transpirabas hasta el alma y no paraba ni el olor a muerto. Las botas de marcha eran Knobelbecher, vasos de dados, hacían ruido a dos cuadras y en Rusia se partían con el frío. El casco nuevo de acero era die Stirnplatte, la placa frontal, aguantaba una palada de tierra y una bala con suerte. El fusil estándar Kar98k era Soldatenbraut, la novia del soldado, porque dormías abrazado a ella y era lo único fiel en tres años.

Y estaban los apodos para la situación. Arsch der Welt era cualquier destino de mierda: Stalingrado, Leningrado, el bolsillo de Demyansk. Literalmente “el culo del mundo”, y no era metáfora. Kriegsgerichtswetter era “clima de corte marcial”, esos días de lluvia y frío donde hasta desertar daba fiaca. Urdemachen era el verbo inventado para “hacerse el muerto” cuando pasaba un comisario soviético. Eismeerpatrouille era patrulla del mar helado, o sea, te mandaban a cagar de frío a un puesto en Noruega para que no jodas.

El Landser se reía así porque no le quedaba otra. No era propaganda. Era supervivencia. Cuando entiendes que tu Heimat-Schuss no llega y que Erika no manda más cartas porque su calle ahora se llama Avenida Stalin, le pones apodo al tanque que te va a pisar. Le dices Mickymaus y aprietas el gatillo. Si te mata, al menos te vas puteando con estilo.

Por eso el tipo que te muestra la marcha de las columnas de la Wehrmacht con musiquita marcial de fondo no caza una tortuga. Él repite arengas. El Landser real le puso Stalinorgel al cohete que lo despertaba a las 3 AM. Y después se volvió a dormir, si podía. Ese era el chiste. Que no tenía remate.


FUENTE:

Soldados de la Segunda Guerra Mundial

Ale Fleit
























Pedro Pablo Romero Soriano PS

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