Un tanque soviético BT-5 de la 57ª Brigada Blindada, se dirige al frente cargado de soldados, en Ucrania, el 12 de mayo de 1942
Sesenta y tres años después de la batalla de Projorovka, el teniente Vladimir Alexeyev encontró el lugar, cerca de la pequeña aldea de Andreyerka, 8 km al oeste de Projorovka, en el que su T-34 fue destruido durante el segundo día de aquella batalla. Fue un momento emotivo en un viaje que no se había atrevido a hacer desde la guerra. “El terreno ha cambiado mucho desde que estuvimos”, mencionó. “La batalla tuvo lugar en el campo de la izquierda”, declaró. “Puedo decirlo con seguridad, y los restos de casas destruidas a la derecha”. Vladimir y su artillero ayudaron al conductor, “Papa Serguei”; le llamaban así por sus treinta y seis años de edad; a salir por su escotilla. Tenía las dos piernas destrozadas, “parte de las piernas solo estaban unidas al resto por la tela de los pantalones”, recordaba Vladimir.
Estaba visiblemente afectado cuando recordaba esto. “Asomó hasta la cintura, y entonces perdió la consciencia”, dijo. Al cargador Nickolev, de veintitrés años de edad, hubo que dejarlo dentro del tanque en llamas. “No concibo cómo pude haber sobrevivido”, concluye Vladimir, “había sido un terrible combate de tanques”. Se pasaron todo el día refugiados en el embudo formado sobre el terreno por un proyectil en espera de asistencia médica. Vladimir nunca más volvió a ver a su conductor. Su tripulación había vivido estrechamente unida durante tres meses. “Así fue como acabó el día para mí y para mi tripulación”, señaló con tristeza.
Al final del típico día de combate de carros en el frente oriental, decenas de grupos de tripulantes supervivientes de ambos bandos intentaban regresar hacia sus propias líneas. Esto podía llevarles días, debido a las distancias recorridas y a la fluidez de los cambios del frente. “Nos llevaba cierto tiempo recolocarnos”, dijo Alexeyev de las tripulaciones, “todos los oficiales y algunos jefes de sección, había unos cuarenta”, recordaba, “subieron a dos camiones que les llevaron al 3° Ejército de Tanques de la Guardia, cerca de Orel”. Iba a pasar el resto de la guerra con esta unidad.
El final de un día de combates traía consigo la recuperación de reservas emocionales. “¿Cómo podía uno medir la victoria después de semejante carnicería?”, se preguntaba el conductor de carros de combate Aleksander Sacharov. “¿Cómo puedes recordar cuántos has dejado fuera de combate durante la guerra?”, como si se preguntase, ¿de qué sirve? “Disparabas y había impactos, o al menos pensabas que los habían. Quizás no dabas en el blanco, los tanques no siempre estallan en llamas”.
Vasili Bryujov, jefe de un batallón de blindados, recordaba que “nosotros no siempre llevábamos la cuenta exacta de cuántos [de nuestros] tanques eran destruidos”, pero creían que los informes diarios les daban una idea de cuántos había perdido el enemigo. El jefe de Estado Mayor de su brigada, no obstante, recuerda indignado: “Si creyera todos los informes de los jefes de batallón… deberíamos haber puesto fin a la guerra hace seis meses, como si nosotros hubiéramos destruido el ejército alemán al completo”. Con los años que han transcurrido, la verdadera cuestión, como confesó Sacharov, era que “siempre resulta doloroso recordar a gente que ha muerto a tu lado, muertos por nada, y repito, por nada, y eso es válido tanto para nuestra gente como para los alemanes”.
Estaba visiblemente afectado cuando recordaba esto. “Asomó hasta la cintura, y entonces perdió la consciencia”, dijo. Al cargador Nickolev, de veintitrés años de edad, hubo que dejarlo dentro del tanque en llamas. “No concibo cómo pude haber sobrevivido”, concluye Vladimir, “había sido un terrible combate de tanques”. Se pasaron todo el día refugiados en el embudo formado sobre el terreno por un proyectil en espera de asistencia médica. Vladimir nunca más volvió a ver a su conductor. Su tripulación había vivido estrechamente unida durante tres meses. “Así fue como acabó el día para mí y para mi tripulación”, señaló con tristeza.
Al final del típico día de combate de carros en el frente oriental, decenas de grupos de tripulantes supervivientes de ambos bandos intentaban regresar hacia sus propias líneas. Esto podía llevarles días, debido a las distancias recorridas y a la fluidez de los cambios del frente. “Nos llevaba cierto tiempo recolocarnos”, dijo Alexeyev de las tripulaciones, “todos los oficiales y algunos jefes de sección, había unos cuarenta”, recordaba, “subieron a dos camiones que les llevaron al 3° Ejército de Tanques de la Guardia, cerca de Orel”. Iba a pasar el resto de la guerra con esta unidad.
El final de un día de combates traía consigo la recuperación de reservas emocionales. “¿Cómo podía uno medir la victoria después de semejante carnicería?”, se preguntaba el conductor de carros de combate Aleksander Sacharov. “¿Cómo puedes recordar cuántos has dejado fuera de combate durante la guerra?”, como si se preguntase, ¿de qué sirve? “Disparabas y había impactos, o al menos pensabas que los habían. Quizás no dabas en el blanco, los tanques no siempre estallan en llamas”.
Vasili Bryujov, jefe de un batallón de blindados, recordaba que “nosotros no siempre llevábamos la cuenta exacta de cuántos [de nuestros] tanques eran destruidos”, pero creían que los informes diarios les daban una idea de cuántos había perdido el enemigo. El jefe de Estado Mayor de su brigada, no obstante, recuerda indignado: “Si creyera todos los informes de los jefes de batallón… deberíamos haber puesto fin a la guerra hace seis meses, como si nosotros hubiéramos destruido el ejército alemán al completo”. Con los años que han transcurrido, la verdadera cuestión, como confesó Sacharov, era que “siempre resulta doloroso recordar a gente que ha muerto a tu lado, muertos por nada, y repito, por nada, y eso es válido tanto para nuestra gente como para los alemanes”.
FUENTES:
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Historia de la Segunda Guerra Mundial
Fuente: "Tank Men, Historia Humana de los Tanques en la Guerra" de Robert Kershaw (2006)
Pedro Pablo Romero Soriano PS

