Esta fotografía tomada por Sergey Strunnikov muestra los cuerpos de varios soldados alemanes muertos por congelación durante la Batalla de Stalingrado
Cuando Hitler ordenó el comienzo de la Operación Barbarroja que implicaba desplazar a casi cuatro millones de soldados alemanes para desaparecer a la Unión Soviética del mapa y levantarse con la victoria en muy poco tiempo.
Alemania se desplazaba a gran velocidad sobre tierras soviéticas.
Al mismo tiempo que se encaminaban a Moscú, los teutones también se desplazaban al sur para tomar posesión de los campos de petróleo del Cáucaso.
Para noviembre, la bota Alemana ya pisaba la puerta de la capital Moscú. Como una forma de levantar la moral a la población, la Unión Soviética hizo una pausa para recordar el aniversario de la Revolución Bolchevique: las tropas hicieron un desfile frente al complejo del Kremlin, la sede del poder soviético, y volvieron a la batalla.
El invierno ruso y la movilización popular resultaron determinantes para la contraofensiva: para enero de 1942, los alemanes se retiraban de Moscú. Sin embargo, la situación todavía era incierta.
Mientras peleaba por mantenerse a flote, el Ejército Rojo estableció una línea de defensa en Stalingrado para frenar el avance alemán e impedir que se apoderaran de los campos de petróleo al sur.
Durante la segunda mitad de 1942, Stalingrado se convirtió en un matadero: el monte Mamáyev Kurgán, donde hoy se levanta el monumento de la victoria, constantemente cambiaba de manos.
Un día ondeaba la bandera soviética y al otro el estandarte de Alemania. En una fábrica de acero llamada Octubre Rojo, los trabajadores no paraban la producción mientras los soldados se disputaban el perímetro.
Noviembre de 1942 . Ese fue el fatídico mes en el que el sueño ruso de Adolf Hitler dio sus últimos coletazos hasta casi evaporarse por completo. Aquella fecha supuso la culminación de un crudo invierno en el que la obcecación del «Führer» por la conquista de Stalingrado provocó una sangría constante de muertes.
Miles de alemanes cayeron ante la fuerza del invierno Ruso y la determinación soviética. Por que el líder germano se negó a que sus tropas se retiraran de la urbe aquellas navidades a pesar de verse muy superados en número por el Ejército Rojo.
Fuera como fuese, aquella decisión le valió a los soldados alemanes que habían conquistado Stalingrado una agonía lenta y gélida.
Y es que, en la llamada «Operación Urano», los soviéticos rodearon la ciudad y se dispusieron a esperar que sus enemigos -ahora totalmente aislados- murieran de hambre y frío.
Se toparon con el invierno ruso, para el que no estaban preparados. De hecho, cuando se rindieron, una de las primeras cosas que preguntarían a los mandos soviéticos que los pusieron bajo custodia fue cuándo iba a acabarse ese endemoniado frío.
Los miembros congelados se gangrenan enseguida y las manos y piernas amputadas aquella Navidad por los cirujanos aparecían amontonadas en la nieve.
Para sobrevivir se podía robar la ropa a los muertos, pero tenía que ser antes de que se congelase y quedase unida al cuerpo como una masa deforme. Los soldados serraban las piernas de los cadáveres de sus enemigos para calentarlas luego y poder arrancarles las botas.
Los meses más fríos de la batalla (desde el 1 de noviembre al 2 de febrero) que coinciden además con el contraataque ruso y la debacle alemana.
El Volga se congeló totalmente y permitió la movilidad de las tropas soviéticas que habían estado atrapadas dentro de la ciudad los dos meses anteriores. De los 94 días comprendidos entre el 1 de noviembre y el 2 de febrero tan solo en 11 la temperatura superó 0 °C mientras que en 45 días bajó de –10 °C y en 19 bajó de –20 °C. Hubo tres claros episodios fríos: el de Navidad, el de mediados de enero y el de finales de enero.
Se pueden dar una idea de la percepción que tenían los soldados cuando eran expuestos a la intemperie, el viento y no tener en cuenta aspectos vitales que también tienen una influencia significativa en la capacidad de aguante de los soldados: tiempo de exposición, indumentaria, alimentación y salud entre otros.
Por otro lado, llega un momento en que poco importa que la sensación térmica sea de –30 °C ó –35 °C. El valor mínimo se alcanza el 16 de enero: –44,5 °C.
Las botas altas, ceñidas y reforzadas de acero aceleraban el proceso de congelación de los alemanes. Su Alto Mando había aprendido de los errores del año anterior y las nuevas prendas de invierno comenzaron a ser enviadas a finales de octubre pero cuando se cerró el cerco ruso muchos soldados aún no las habían recibido.
El Ejército Rojo iba mejor equipado con ushanki (gorro redondo de piel con orejeras a cada lado) y valenski (botas de fieltro).
El frío era tan intenso que, cuando un soldado moría, enseguida se le quitaba la ropa porque minutos más tarde quedaba literalmente pegada al cuerpo e inservible.
La mayoría de las tropas del Eje estaban desplegadas fuera de la ciudad en campo abierto y algunos refugios eran simples hoyos excavados en el suelo.
La poca carne que recibían estaba tan congelada que los cuchillos no servían; hacía falta una sierra de zapador.
Había días que el frío era tan intenso que era imposible encender los motores de los aviones ni siquiera prendiendo hogueras debajo de ellos. Los ratones se refugiaban en los cascos de los tanques buscando calor, roían los cables y los estropeaban.
La estepa rusa no es una zona húmeda y, de hecho, el conjunto de esos tres meses resultó ser ligeramente seco. No obstante, hubo 60 días con precipitación que recogieron un total de 87,3 mm, la mayoría de ellos en forma de nieve o lluvia engelante.
La niebla y las nubes bajas han tenido poco eco en los miles de relatos que se han escrito sobre Stalingrado pero son variables que a partir de la Segunda Guerra Mundial cobran más importancia que el frío y la nieve. La escasa visibilidad y los techos bajos reducen casi a cero la capacidad de operación de cualquier ejército del aire.
Se ha afirmado en numerosas ocasiones que la derrota del Ejército alemán fue debida al frío.
Hay que matizarlo porque tiene parte de verdad pero otra parte que se ha mitificado con los años. Los alemanes no eran estúpidos cuando invadieron la URSS, sabían que el invierno allí era muy duro y las infraestructuras escasas.
De ahí que llevaran con ellos miles de caballos y mulos y que su plan de conquista estuviera diseñado para tres o cuatro meses pues cualquier operación que se alargase más de ese periodo contaría con más inconvenientes que ventajas.
El error táctico que cometieron fue el mismo de los franceses el siglo anterior: tenían miedo al frío y nunca lo subestimaron pero pensaron que si conquistaban una región o determinadas ciudades el resto del país se derrumbaría como un castillo de naipes.
Más bien al contrario, los soviéticos siguieron mandando continuamente maquinaria y tropas de refresco desde el este sin importar lo más mínimo la cantidad de hombres que caían en el frente o lo equipados que estuvieran: un tanque o soldado ruso era reemplazable pero uno alemán no.
El principal obstáculo al que se enfrentaron no fue el frío sino la falta de suministros: combustible, medicinas, alimentos, soldados, etc. “El enemigo número uno es y será siempre el hambre”, comentaba un médico alemán.
El doctor Girgensohn advirtió que los soldados del kessel empezaron a morir de inanición a mediados de diciembre: atrofia del corazón y del hígado, ausencia total de tejido graso y drástica reducción del músculo.
Según sus estudios, la combinación de cansancio, tensión y frío desequilibró gravemente el metabolismo de la mayoría de los soldados de modo que asimilaban solo una parte de las calorías ingeridas (que apenas llegaban a 500). Las alucinaciones y los suicidios aumentaron a causa de la inanición y se redujo la capacidad de supervivencia a las enfermedades. A partir de noviembre se produjeron epidemias de tifus, disentería, fiebre paratifoidea e ictericia y la plaga de piojos era terrible. Un soldado llegó a encontrar hasta 200 solamente en su casco.
Los inviernos en territorio ruso son tan duros que incluso hoy día cualquier ejército vería limitada su capacidad de operación pese a los adelantos de los que se disponen. El error táctico del ejército germano fue subestimar la extensión de la URSS y no disponer de un plan B en caso de que la conquista se alargara más allá del otoño.
El ocaso del Tercer Reich no sobrevino por el frío en sí mismo, sino por no haber retrocedido a ciudades refugio cuando las cosas se pusieron feas, algo que se había aprendido en el pasado. Los orgullosos dirigentes políticos del partido nazi pensaron que no haría falta retroceder porque la moderna tecnología podría solventar los problemas derivados de las condiciones adversas, pensaron mal.
A partir de noviembre de 1942 una contraofensiva soviética embolsó a los hombres del general Paulus, que se rendiría con la mayoría de los suyos el 31 de enero, refugiado en los almacenes Univermag del centro de la ciudad.
Tropas del Eje, el horror del deshielo
FUENTES:
https://www.facebook.com/photo/?fbid=503689181782262&set=pb.100064235526662.-2207520000.
Historia de la Segunda Guerra Mundial
Fuentes;
A. Beevor. (2015). Stalingrado
Stalingrado: La ciudad que derrotó al Tercer Reich, de Jochen Hellbeck 2018
Pedro Pablo Romero Soriano PS


