Sin frente ni descanso: la lucha casa por casa que consumió a los soldados del Este.
La guerra en las ciudades del Frente Oriental durante la Segunda Guerra Mundial constituyó una de las formas de combate más extremas y destructivas conocidas hasta entonces, caracterizada por una violencia casi continua, una proximidad física constante con el enemigo y un desgaste psicológico y corporal que superó ampliamente las previsiones doctrinales de ambos bandos. Desde 1941, cuando la invasión alemana empujó a la guerra hacia grandes centros urbanos soviéticos, el combate dejó de ser una cuestión de avances rápidos y maniobras operativas para convertirse en una lucha de supervivencia inmediata, librada metro a metro, edificio a edificio y, en muchos casos, habitación por habitación. Para la infantería de la Wehrmacht, entrenada doctrinalmente para la guerra de movimiento y la cooperación estrecha entre armas combinadas en espacios abiertos, la ciudad se convirtió en un entorno hostil que anulaba muchas de sus ventajas tácticas y técnicas, exponiendo a los soldados a una tensión constante y a un desgaste físico acumulativo sin apenas posibilidad de recuperación.
El combate urbano en el Frente Oriental se desarrollaba en un entorno dominado por ruinas, incendios, polvo, humo y un ruido permanente de explosiones que saturaba los sentidos. Las calles destruidas obligaban a los soldados a avanzar lentamente cargando equipo pesado, munición y armas automáticas, mientras los francotiradores, las granadas lanzadas desde ventanas o sótanos y las emboscadas a quemarropa convertían cada movimiento en una apuesta vital. La ausencia de una línea de frente claramente definida generaba una sensación de inseguridad permanente: un edificio conquistado por la mañana podía convertirse en una trampa mortal por la tarde, tras una infiltración enemiga a través de patios interiores, alcantarillas o áticos. En estas condiciones, la cohesión de las grandes unidades se disolvía rápidamente y el combate pasaba a depender casi exclusivamente de pequeños grupos improvisados, cuya supervivencia se basaba en la confianza mutua, la experiencia individual y la capacidad de reaccionar bajo presión extrema.
La presión física era inseparable del agotamiento mental. El sueño se reducía a breves episodios fragmentados, a menudo en sótanos semiderruidos o en habitaciones sin techo, con el uniforme completo y el arma siempre al alcance de la mano. Las pausas reales de descanso prácticamente no existían, ya que incluso en retaguardias inmediatas el fuego de artillería y los ataques sorpresa seguían siendo una amenaza constante. La alimentación era irregular, el agua frecuentemente escasa o contaminada, y las condiciones higiénicas favorecían la propagación de enfermedades y el deterioro general del estado físico de los combatientes. A ello se sumaba la carga emocional de combatir en espacios civiles devastados, rodeados de cadáveres, heridos y destrucción total, una experiencia que erosionaba progresivamente la capacidad de resistencia psicológica incluso de soldados veteranos.
Con el avance de la guerra, el Ejército Rojo desarrolló una notable superioridad en este tipo de combate, adaptando su doctrina y organización a las exigencias específicas de la lucha urbana. El uso sistemático de pequeños grupos de asalto, apoyados por fuego directo de morteros, artillería a corta distancia y armas automáticas, permitió a las fuerzas soviéticas explotar la tridimensionalidad del espacio urbano y mantener una presión constante sobre el enemigo. Para los soldados alemanes, esta forma de guerra resultaba profundamente desmoralizadora, ya que anulaba la previsibilidad del combate y multiplicaba la sensación de vulnerabilidad individual. La exposición continua al peligro inmediato, sin períodos claros de alivio, generó numerosos casos de colapso nervioso, descritos en informes médicos y testimonios contemporáneos como agotamiento extremo o “fatiga de combate”, un fenómeno cada vez más frecuente a medida que la guerra se prolongaba.
En conjunto, la lucha urbana en el Frente Oriental no solo consumió enormes recursos humanos y materiales, sino que dejó una huella duradera en la psique de quienes la vivieron. La combinación de violencia ininterrumpida, privación física y estrés psicológico constante convirtió estas batallas en una experiencia límite, en la que la supervivencia dependía menos de la estrategia a gran escala que de la resistencia individual y colectiva frente a un entorno diseñado para destruir tanto el cuerpo como la mente del soldado.
FUENTES:
Historia de la Segunda Guerra Mundial
Álvaro Núñez de Pazos
Fuentes y lecturas..
-Glantz, David M. Choque de titanes: cómo el Ejército Rojo detuvo a Hitler. Madrid: Inédita Editores, 2010.
-Grossman, Vasili. Vida y destino (contexto histórico y testimonios del combate urbano). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2007.
-Stahel, David. Operación Barbarroja y la derrota alemana en el Este. Madrid: Desperta Ferro Ediciones, 2017.
-Overy, Richard. Rusia en guerra. Barcelona: Tusquets, 2001.
Pedro Pablo Romero Soriano PS

